ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El autor con Rafael Quenedit, Patricio Revé y Raúl Abreu (de izquierda a derecha). Foto: Mercedes Piedra

La columnista francesa del diario Le Parisien, Gilberte Cournand, en ocasión de una visita del Ballet Nacional de Cuba (BNC) a París, afirmaba que: “hasta ahora las bailarinas eran las joyas de la Compañía, pero hoy los muchachos le están arrebatando las palmas”. Esa afirmación ha sido una verdad evidente en cada desempeño de las nuevas generaciones de bailarines que han egresado de la Escuela Nacional de Ballet (ENA) a partir de 1968, ratificada de manera asombrosa en el transcurso de las últimas décadas, en las cuales ha sido posible admirar toda una pléyade de personalidades que concilian, armoniosamente, una muy definida individualidad con el patrón genérico de la Escuela Cubana de Ballet, de la cual son frutos.

Una sólida formación académica, ductilidad estilística, tanto en la vertiente romántico-clásica, como en la de mayor contemporaneidad, virtuosismo y ataque en la ejecución de los solos, habilidad y fineza en el trabajo de partenaire y una gran musicalidad, son características que, junto a la elegante virilidad y la armónica integración étnica, definen al bailarín cubano de hoy.

En el principal exponente del ballet cubano, el BNC, como en las más diversas compañías del resto del mundo, ha habido que enfrentar la inevitable mutabilidad en los elencos y muy especialmente en la vertiente masculina, motivada básicamente por los reclamos del mundo globalizado en que vivimos,  la cortedad del tiempo de permanencia sobre las tablas —generalmente más notable en los hombres que en las mujeres— y en el caso cubano, por la excelencia que los ha caracterizado y convertido en foco de atención y reclamo mundial. No sería hiperbólico afirmar que en las cuatro esquinas del mundo actual, hay un bailarín cubano como sinónimo de excelencia, en teatros y compañías del más alto fuste.

Al respecto afirmaba la siempre aguda crítica española Julia Martín, un lustro atrás, desde su leída columna en el diario madrileño El Mundo: “Cuba es una máquina de hacer bailarines, en el mejor sentido. Por cada ausencia que sentimos hay un relevo que en nada desmerece. Se  esponjan los solistas en primeras figuras y aparecen jovencísimos desconocidos con una seguridad y un brillo  apabullantes”.

Esas consideraciones me motivan a compartir con nuestros lectores una reflexión sobre un hecho de relevancia aún más especial: el debut de tres jó­venes talentos, que han concitado la admiración y el respeto del público y la crítica en las últimas semanas. En ellos, el numeroso público que colmó la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, pudo ser testigo de un hecho sin precedentes: el triunfal despegue de una tríada de bailarines que emergieron de las anónimas filas del cuerpo de baile, para asumir una responsabilidad de la magnitud inherente a uno de los roles más exigentes de todo el repertorio clásico: el del príncipe Sigfrido, en El lago de los cisnes, en su versión en tres actos y un epílogo.

A simple vista podría pensarse que tales promociones fueron el resultado de una apremiante necesidad de suplir elencos ausentes, pero esa nueva muestra  del “milagro cubano”, expresión utilizada medio siglo atrás por el sabio crítico inglés Arnold Haskell para definir el fenómeno de la excelencia de nuestro ballet, tiene hoy día una explicación totalmente terrenal y dialécticamente lógica. El triunfo de los tres debutantes está avalado por dos razones fundamentales.

La primera es la sólida formación académica que recibieron de sus profesores en los ocho años de la etapa escolar,  obtenida de un eficiente claustro de pedagogos, liderado por la imprescindible maestra de maestros, Ramona de Saá; y la segunda por el pulimento artístico posterior a que fueron sometidos esos diamantes incipientes en el crisol de la Compañía, bajo la guía de expertos maîtres  y profesores.

No fue casual tampoco que con los tres trabajara, de manera directa, Lázaro Carreño, uno de los bailarines cubanos más virtuosos, más experimentado y galardonado internacionalmente, hoy afamado maestro, quien no les guardó secreto alguno, se ocupó de sacar a flote los dones personales de cada uno de ellos, se los pulió y logró ponerlos al servicio del rol, repetición de la misma labor pedagógica que hicieron con él, y de la cual fui testigo, cuando lo promocionaron a esos difíciles roles mucho antes de que en 1976 fuera ascendido al rango de primer bailarín.

El primero de esos debutantes fue Raúl Abreu, egresado de la ENA en el 2015 y miembro del Ballet Nacional desde ese mismo año. Sobrio en sus maneras y de cálida proyección escénica, supo mostrar bravura técnica y una convincente pasión dramática, sin exageraciones ni manierismos de mal gusto. Con solo 18 años de edad,  logró una cabal interpretación que conquistó al público,  aunque compartía la escena con una favorita, como es la primera bailarina Sadaise Arencibia.

Patricio Revé, con la misma edad del anterior, obtuvo un éxito rotundo, admirable al grado máximo, si se tiene en cuenta que tuvo como pareja a una estrella consagrada y de altísimo calibre como lo es Viengsay Valdés. Elegante y mesurado, logró lo más difícil: brillar haciendo brillar a su pareja. De tan fuerte reto salió como un vencedor absoluto. Posee el raro don de incorporar su nobleza como persona a cada rol que interpreta. Orgullosos de­ben sentirse todos sus mentores, que lo han llevado a obtener el Grand Prix y la Medalla de oro en el Concurso del Encuentro Internacional de Aca­demias para la Enseñanza del Ballet, celebrado en La Habana el pasado año y reconocimientos anteriores en México y Estados Unidos.

Rafael Quenedit, con 19 años, proviene de una estirpe de bailarines cubanos que en diferentes etapas han integrado el elenco del BNC. Posee,  entre muchos dones,  una innata elegancia y la difícil cualidad —aún más rara en los bailarines masculinos— de convertir en danza cada acción suya so­bre la escena, ya sean las poses estáticas o el simple caminar.

Sus exquisitas maneras y la sólida formación técnica que lo avalan, lo definen como el “danseur noble” por excelencia de su generación. Sus mu­chas cualidades le han permitido obtener, desd­e su adolescencia,  la aclamación del público y la crítica en Perú, Italia, Canadá, México y Sudá­frica; así co­mo ser merecedor de numerosas distinciones,  en­tre ellas la Medalla de Oro y el Premio a la Mae­s­tría Técnica, en el Concurso del En­cuentro In­ter­na­cional de Academias, en el 2014, año en que pasó a formar parte del BNC.

Los que hemos seguido muy de cerca toda su trayectoria siempre hemos sabido que estaba destinado a brillar con luz estelar y así lo demostró al lado de la bailarina principal Gretel Morejón, la noche del 29 de abril, en la gala con que festejamos el Día Internacional de la Danza. La justa medida del impacto que provocó su excepcional desempeño la obtuve de un alumno de la ENA, próximo a graduarse,  cuando al encontrarlo al final del espectáculo y preguntarle qué le había parecido Que­nedit esa noche,  me contestó sin dubitación alguna: “Maestro, él lo tiene todo y no necesitó actuar porque nació príncipe”.

Estos tres debuts, complementados con los de­sem­peños del solista Adrián Masvidal y los del primer bailarín Dani Hernández han venido a ratificar la validez de las declaraciones que en fechas recientes hiciera Alicia Alonso y que la agencia no­ticiosa española EFE difundiera por el mundo entero: “Los bailarines cubanos, especialmente los hombres —afir­mó la Alonso— actúan por todo el planeta y esto despierta la curiosidad, porque en el mundo del ba­llet los bailarines de tan alta calidad escasean. No­sotros lo hemos logrado con un trabajo duro, muy duro diría yo, ya que exige al mismo tiempo que este sea un atleta de alta potencia y un artista”.

La vida me ha concedido el privilegio de ser testigo cercano de la forja de estos últimos tres, desde que cursaban el nivel elemental. Raúl, Pa­tricio y Rafael, en estas jornadas, han logrado revalidar, en tiempo récord y con total entrega, esa definición hecha por Alicia, para orgullo de todos los que amamos nuestro ballet y lo consideramos un valioso patrimonio que pertenece a todos los cu­banos.

*Historiador del Ballet Nacional de Cuba

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magda campos dijo:

1

3 de junio de 2016

08:06:52


Felicitaciones a todos los Profesores y personal que dedican su vida a esta hermosa tarea !!! la formación de bailarines con una excelente técnica !! La Escuela Nacional de Ballet Fernando Alonso !! bajo la asesoría de la Gran Maestra Ramona de Saa Bello !!!

pedro dijo:

2

3 de junio de 2016

11:52:29


Para mi el mas grande bailarin que ha dado este pais es el gran Carlos Acosta que ha brillado por el mundo entero. Ahora regreso para brindarnos su arte con una compañia que de seguro hara historia dentro de la danza cubana y universal. Los grandes brillan con luz propia