ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Entre el Museo Nacional de Be­llas Artes y las academias habaneras donde se forman los futuros creadores en el campo de las artes vi­suales, se mueve por estos días Frank Stella, interesado en tener noticias de primera mano acerca de nuestra realidad e intercambiar con sus colegas.

El hecho de que una de las figuras más visibles y cotizadas del mer­cado del arte haga una visita profesional a Cuba, con el Consejo Na­cional de las Artes Plásticas co­mo anfitrión, no es por sí mismo algo extraordinario. Con cierta frecuencia y no solo en el contexto de las bienales de La Habana, llegan en los últimos tiempos hasta aquí, com­parten y exponen, artistas europeos y latinoamericanos en su mayoría, aunque también norteamericanos como Kossuth, que, de un modo u otro, han dejado su im­pronta en la evolución de la visualidad contemporánea.

Pero en el caso del estadounidense Stella destaca la singularidad de su pensamiento estético y la consecuencia de estos principios en su trayectoria. Stella, quien celebra sus 80 años de edad, es uno de los más radicales artistas de nuestra época, cuya importancia trasciende las fron­teras de Estados Unidos.

Desde la pequeña localidad de Mal­­den, cerca de Boston, se instaló en Nueva York a finales de los años 50, cuando el expresionismo abstracto se hallaba a la sazón. El Mu­seo de Arte Moderno, de esa ur­be, lo incluyó en la muestra colectiva Die­ciséis americanos y con ese espaldarazo hizo su primera exposición personal en 1960. Pinturas negras significó un paso adelante en las corrientes abstraccionistas que Stella nunca ha dejado de desarrollar. En aquellas franjas oscuras, reiterativas y simétricas, la crítica halló una de las fuentes del llamado minimalismo.

Sin embargo muy pronto daría un salto hacia el color y otras formas geométricas, que comprendían incluso la conformación nada convencional de los soportes pictóricos. Fue como si el artista se liberase de las etiquetas con que el mercado tiende a clasificar los resultados. De esta etapa sobresale su pieza Harran (1967).

Después de tensar la bidimensionalidad hasta límites extremos, ha­cia los años 80 comenzó a incursionar decididamente en la escultura. En esas búsquedas, el interés del artista por la música y la literatura inspiró su trabajo. En especial, se nutrió de la lectura de la novela Moby Dick, de Melville.

Para sus construcciones, Stella apela tanto al collage como a maquetas recreadas con la ayuda de asistentes y tecnologías digitales.

Pero, esencialmente, Stella se con­sidera pintor. Y no anda con artilugios para hablar de su oficio. “Lo que ves, es lo que ves”, le dice al espectador. En cuanto a su estatura estética, el ensayista y crítico español Francisco Calvo Serraller observa: “Con un ojo muy sagaz para desentrañar la urdimbre material de la pintura no solo del presente, se puede decir que Stella apuró el cáliz del formalismo hasta las heces para luego dar rienda libre a la ebriedad danzante. En cierta manera, su trayectoria compendia a la perfección ese abismo abrupto que se abre entre las cimas más elevadas, que es la historia del arte de nuestra época”.

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