ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Claudia Muñiz (también colaboradora de la idea central del filme), Marianela Pupo y Maribel García son las tres muchachas que en Venecia salen a conquistar la noche.

Viendo Venecia, el más reciente filme de Enrique Álvarez, es inevitable pensar en aquel Free cinema inglés de finales de los cincuenta y prin­­­cipio de los sesenta del pasado si­glo, movimiento que junto a la Nue­va ola francesa revolucionó las pantallas europeas frente a un cine que se había vuelto demasiado convencional y repetitivo.

Realidad social plasmada fuera de los estudios ci­nematográficos, el ha­bla popular incorporada al conflicto en función de una mayor autenticidad, de­co­ración deslustrada, ciudades oscuras dispuestas a trastornar a aquellos que entren en sus profundidades, improvisación continua, cá­mara en mano a la que no le preocupa ni la iluminación ni cierta suciedad de la imagen, y una crueldad flotando en el aire como recordatorio de que no se viven tiempos de prin­cesas.

Siguiendo en buena medida esos postulados, el director entrega la que posiblemente sea su película más au­téntica, no importa que el estilo asumido beba de una fuente con más de medio siglo.

Historia de tres jóvenes mujeres que trabajan en una peluquería y que tras recibir su salario deciden irse a la calle para distraerse un poco de la mo­notonía que las consume. Inicio de un viaje que entre ingenuidades y sonrientes malicias irá de sorpresa en sorpresa, hasta tornarse tan impredecible como pudiera ser cualquier destino que tiente las mieles de lo desconocido.

Pudo haber sido una película de corte costumbrista y signada por “el cubaneo” clásico para referirse a “nues­­tros problemas”, pero sin re­nun­ciar a la psicología femenina ema­nada de una contemporaneidad, el director opta por volar más allá de “lo convencional y repetitivo” (lo mis­­mo que buscaban los jóvenes del Free cinema) y le impregna a su historia una impronta de universalidad. Y lo hace de tal ma­nera que cuesta trabajo identificar físicamente a esa Habana nocturna que, en su desmandes de emociones, pu­diera ser representativa de cualquier otra ciudad del mundo.

No hay guion preestablecido en Venecia en cuan­to a diálogos, pero sí una idea central de lo que se pretende, y por ahí enrumban la historia y su dramaturgia, sostenidas en gran me­dida por el tono que le impregnan las tres mujeres. Conversaciones im­pro­vi­sadas que fluyen con natural soltura, y gracias a las cuales se va conociendo lo suficiente de ellas, aunque el director demuestra habilidad para do­sificar hasta los finales los enigmas que pueden hacer de cualquier mujer un misterio.

Ansiedades, frustraciones, sueños, verdades en­cubiertas, todo ello flu­yendo de las situaciones que las mu­chachas atraviesan y no como un discurso de tesis. De la risa a la angustia, del atrevimiento al sin sabor me­diante el rigor de la sugerencia ar­tística, Venecia como símbolo de lo inalcanzable para tres muchachas muy simples que, sin embargo, y ha­cia el final del metraje, se propondrán convertir la ro­mántica ciudad en una esperanza alcanzable.
Al igual que en su anterior película, Jirafas (2013) el director vuelve a consentir más palabrotas que las ne­cesarias. Se olvida entonces de una vieja verdad indicativa de que las reiteraciones para reafirmar realismos de ese tipo pierden efectividad de tan­to manoseo. Además, pudiera pensarse (que no es el caso) que a falta de tratamiento dramático se re­curre a la contundencia de la palabrota para lograr un significado que de otra ma­nera sería más trabajoso.

Lo cual no resta para afirmar que dentro de la temática crítica del cine cubano más actual —tan reiterada ella—, Venecia viene a ser otra manera de asumir el reto y ser, artísticamente, bastante diferente.

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.