ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Simon Ghraichy. Foto: Yander Zamora

El pianista libanés Simon Ghraichy pertenece a esa raza de jóvenes intérpretes que se van abriendo paso en el ámbito de la música de concierto sin que medien prejuicios ni miedo escénico. Si una partitura gusta por virtuosa, allá van a toda costa por la brillantez. Si para inducir un disfrute mayor se requiere desplegar gestos apasionados, el histrionismo aflora como complemento de la ejecución. Pero en todo caso, nada de esto es posible sin un dominio del oficio y un conocimiento sustantivo de la escritura original.

Ello se hizo evidente en la interpretación del Concierto en sol menor para piano y orquesta op. 22, del francés Camille Saint-Saens, el último domingo como primera ofrenda del programa de la Orquesta Sinfónica Nacional, en la sala Covarrubias, bajo la conducción del director invitado Guido López Gavilán.

Desde la enérgica  irrupción en los acordes del primer movimiento hasta la rapidez que imponen los pasajes del presto final, Ghraichy dio muestras de una comprensión espectacular de la obra de Saint-Saens en correspondencia con el ideal de un compositor que encarnó el costado exaltado de la fiebre romántica europea del siglo XIX.

La batuta de López Gavilán, atenta al desempeño del pianista, atemperó la ejecución de una partitura no precisamente virtuosa —la obra apuesta más por el pianista que por el acompañamiento instrumental— aunque efectista.

El programa fue completado por dos momentos donde sí se puede hablar de virtuosismo orquestal desde perspectivas muy radicalmente opuestas: La noche, del propio López Gavilán, y Bolero, de Ravel.

En la creación del compositor cubano, a quien se le reconoce como un verdadero artífice de voces, armonías y texturas, la atmósfera sonora es principio y fin de la percepción que se quiere transmitir al auditorio. Y ya se sabe lo que nos depara la audición—más si transcurre, como lo fue este domingo, bajo el signo del rigor— del ejercicio raveliano: la visión de un castillo de naipes que increíblemente se sostiene sobre una célula rítmica mientras progresa hasta el estallido final.

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Juan Miguel dijo:

1

6 de mayo de 2014

02:55:28


Amigo de la Hoz. Siempre leo con interés los artículos que escribes para nuestro periódico Granma. Bueno, voy a decir algo que a primera vista parece un sinsentido; no he escuchado jamás al pianista libanés Simon Ghraichy (lo haré cuando envié este comentario) pero me atrevería a afirmar que no lo hace bien, que lejos, muy lejos debe estar de hacerlo bien; son tantos los pianistas, unos tras otros, incluso muy famosos, que dejan mucho que desear. Wagner en su autobiografía dice que lo de Frank Liszt no era virtuosismo ¡si no brujería! Solo conozco a tres pianistas que si cruzaron la raya del virtuosismo total, Vladimir Horowitz, Arthur Rubinstein y Leopold Wodowsky, y siguiéndole los pasos, el cubano Jorge Bolet, pero que cometió el error precisamente de escoger siempre un repertorio virtuoso y hay un público muy conocedor que no perdona. Le recomiendo que escuche la serenata Schubert- Liszt interpretada por Horowitz; tengo la certeza de que el hombre usaba una especie de sintetizador porque no puede haber otra explicación para que un mismo piano existan tantísimos colores y matices ¡eso es brujería! A Rubinstein le preguntaron una vez que como era que tocaba las teclas que sonaban de un modo tan diferente y respondió en broma, que pisaba el pedal de la sordina y tocaba un poco más fuerte, que en realidad no sabría decirlo. Lo cierto es que si en una casa de música ese divino toca una sola nota sus admiradores sabríamos que quien la toco fue Arthur Rubinstein. De Leopold wodowsky, Rubinstein dijo que necesitaría quinientos años para tocar como ese divino. Se puede ser un gran pianista pero un mal músico y hay tenemos la larga lista de pianistas famosos que en realidad no deberían serlo: Ignacy Paderewski ¡pésimo! (cuando nos visitó a principio del siglo pasado un crítico cubano le llamo rompe teclas) Claudio Arrau, Pollini, Mitsuko Uchida, la desagradable Valentina Lisitsa, el payaso de Lang Lang todos ellos tocan a Chopin y a otros autores como si estos fueran bipolares. El canadiense Glenn Gould tocaba algunas cosas de Bach muy bien, pero no daba con Mozart y otros autores (también era un hombre con sus problemas mentales) Rachmaninov fue un pianista profesional, pero no un súper virtuoso. Por eso le digo, amigo de la Hoz, que estoy cansado de “tantos grandes pianistas” como Simon Ghraichy.

Ximena dijo:

2

6 de mayo de 2014

08:19:22


Este ha sido un concierto explendido en tota la magnitud de la palabra, magnifico y sobre todo lleno de sobrecogedores acordes. mis mas sinceras felicitaciones al colectivo de la OSN quienes una vez mas nos llena de satisfacción.

Juan Miguel dijo:

3

6 de mayo de 2014

13:19:40


Amigo de la Hoz. Existe en Francia un concurso internacional de piano que hacía ya catorce años no daba el primer lugar, este año por fin se lo otorgaron a una joven pianista ¿se imagina un concurso de piano repleto de jóvenes talentos que no da jamás el primer lugar? Luego de enviar mi comentario escuche por fin a Simon Ghraichy y no me confundí; no lo hace bien. Además de quebrar los acordes (cuando se tocan tres o más notas al unísono) ¡las teclas jamás se empujan si no que se golpean! esto es especialmente valido para los pianísimos. Siempre que se toque una tecla primero debe mediar algún espacio entre el dedo y la tecla, el sonido que produce esta diferencia es enorme, y nuestro amigo Simon Ghraichy lo olvida frecuentemente. Hay otro detalle, las grandes interpretaciones no son para los jóvenes, si no para los viejos, mientras más viejo se es, mucho mejor ejecutante te vuelves, nadie toca bien un instrumento antes de sus cincuenta años, solo un verdadero milagro. Horowitz dio sus mejores conciertos a los ochenta y tantos y hasta Dios compraba entradas, y Rubinstein a sus 92 dio el último recital y no tengo palabras con que describirlo, realmente me emociona.