ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
360, juego de destinos, de Fernando Meirelles. Foto: Internet

Son pocos los que recuerdan que un año antes de darse a conocer en grande con Ciudad de Dios (2002), Fernando Meirelles demostró sus mañas de buen narrador en Domésticas, una deliciosa comedia con trazos de docudrama que contaba las experiencias y reflexiones de varias empleadas de casas particulares.

Pero fue Ciudad de Dios y la estética de la violencia urbana en ella recreada, la que le abrió las puertas internacionales al brasileño. No pocos pensaron entonces que Meirelles volvería a transitar el ritmo vertiginoso en historias turbulentas, pero su filmografía demuestra todo lo contrario, incluso en Ceguera (2008), donde si bien las escenas de violencia están filmadas con maestría, lo que predomina es el aire de desgarro intelectual que Saramago le imprimió a su libro Ensayo sobre la ceguera.

En la británica El jardinero fiel (2005), sobre una novela de John Le Carré, Meirelles reafirmó su capacidad camaleónica para ajustarse a los requerimientos de cualquier género, en este caso el thriller político, y se aprovechó tanto de Ralph Fiennes y Rachel Weisz, como de la estructura narrativa en flash-back, para sostener una fina sensibilidad a lo largo de la trama.

En el estreno que hoy nos ocupa, 360, juego de destinos (2011), el brasileño se las arregla para salir bastante bien parado (que no airoso) en una historia coral basada en La ronda, obra de Arthur Schnitzler, médico y dramaturgo, famoso por sus dramas psicológicos sobre la vida vienesa de los años veinte del pasado siglo y, con ella, los laberintos que pudieran traer aparejados los desempeños eróticos de sus personajes.

La obra ya tuvo dos versiones cinematográficas bastante subiditas de tono en sus componentes de sexualidad, pero Meirelles opta más por el ejercicio abstracto en torno a las relaciones humanas, en este caso con personajes de diversas nacionalidades que van y vienen por capitales del mundo envueltos en enredos de infidelidades y dudas amorosas. Varias historias transcurriendo circularmente y apoyadas en el excelente trabajo de los intérpretes, entre los que figuran los conocidos Anthony Hopkins, Jude Law, Rachel Weisz y Ben Foster.

Personajes que vacilan entre dos caras del destino y se mueven en la intriga, creando una alegoría acerca de las trampas múltiples, no solo sentimentales, sobre las que resbala el mundo globalizado. Una visualidad impactante, un plausible ritmo en el montaje, actuaciones de primera y, sin embargo, la sensación de que 360, juego de destinos, aun con su envoltura exquisita, está carente de emociones, o acaso, ¿de aquel sexo físicamente complejo que concibió Arthur Schnitzler en sus obras?, tan amigo, el médico y escritor vienés, de Sigmund Freud.

Comoquiera que sea, hay aquí un Meirelles para volver a disfrutar, entre reproches.

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