ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Algunos de los usuarios que han opinado en la web sobre las columnas anteriores relacionadas con este tema, han cuestionado si es dable poner en regla el amor. Podrían llevar razón. No compete al Derecho regular el amor. No es dable llevar a una regla legal –con vocación de coactividad y coercibilidad– el amor ni los afectos entre los seres humanos.

Como mandamiento no; pero como postulado de contenido ético, con consecuencias jurídicas, sí.

Hoy día tanto el amor como los afectos pueden ser sustento para la regulación de ciertas consecuencias en el campo del Derecho, y muy en especial en el Derecho de las familias. El amor y los afectos son el sustento de figuras jurídicas como el matrimonio, la unión convivencial afectiva, la adopción, las relaciones paterno-filiales. Su ausencia (el desafecto) puede ser la razón misma del divorcio y hoy tiene gran trascendencia en sede de relaciones paterno-filiales, sobre todo en lo que concierne al régimen de comunicación, guarda y cuidado e incluso, respecto de la privación del ejercicio de la patria potestad.

Nada mejor que el Derecho familiar para que los valores, y entre ellos el afecto, cubran el papel que les corresponde. Es el Derecho familiar el más sensible de todos, el menos jurídico y el más aprehensivo. El principio de la afectividad se va erigiendo en principio cardinal del Derecho familiar, sustrato de varios fallos judiciales en el Derecho comparado.

Ciertamente el afecto no es fruto de la biología. Los lazos de afecto y de solidaridad derivan de la convivencia familiar, no de la sangre. Así, se posee el estado de hijo nada más con el reconocimiento jurídico del afecto, con el claro objetivo de garantizar la felicidad.

La sensibilidad de los asuntos familiares conlleva a que los jueces a la hora de solventar las litis entabladas vayan más allá del dictado de una norma legal, y busquen en el afecto y la solidaridad humana, la posible solución. No se trata de ofrecer resultados que conduzcan a complejas ecuaciones sociales, sino a dar respuesta a partir de la propia naturaleza humana, buscando en el afecto, el amor y la solidaridad, no solo entre cónyuges, sino también entre progenitores e hijos, entre hermanos o entre demás familiares.

La desafección de uno de los progenitores sobre su prole puede ser motivo suficiente para dar solución a un litigio sobre guarda y cuidado, o sobre régimen de comunicación e, incluso, sustento suficiente para que en materia sucesoria sea causa de exclusión, teniendo en cuenta la formulación del artículo 469.1 c) del Código Civil cubano, que eleva la falta de atención al causante, y con ello de afecto, como motivo de apartamiento o exclusión de la sucesión por causa de muerte.

Por otra parte, el afecto es hoy base de las uniones estables de pareja, ya sean hetero u homoafectivas. El parentesco socioafectivo es el sustento de adopciones –entre ellas la adopción por integración o adopción de los hijos del cónyuge, o de la pareja de hecho, o de los propios hijos de crianza–. Es la razón que puede justificar el estatuto de los padres y madres afines, resultado del ensamble a que conducen las familias reconstituidas o ensambladas cuando tal acople opera con motivo de una nueva relación de pareja, basada en el afecto, en la convivencia, pero al margen del matrimonio e incluso en supuestos de obligación alimentaria.

Téngase en cuenta que en algunos ordenamientos jurídicos, ajenos al nuestro, pero cercanos en nuestro entorno geográfico, cabe que los padres afines asuman –aún con carácter subsidiario– la obligación de alimentar a los hijos de su pareja, cuando comparten el mismo techo y forman una familia de este tipo. Asunto que en la realidad social nuestra resulta muy común. Eso sí, sin estas consecuencias jurídicas.

Categorías como la convivencia afectiva se ha impuesto en las nuevas estructuras familiares que hoy tienen cabida en un Derecho de las familias, cada vez más pluralista e inclusivo, cada vez más transversal, que rompe esquemas dogmáticos.

Y el Derecho cubano debe ir en esa dirección: respetar la opción de la pareja sobre la manera en que decide constituir una familia. De todos modos, lo que sí debemos tener en cuenta es que la opción por la que se apueste no puede estar huérfana de protección jurídica. Sin embargo, no podemos reclamar del Derecho los mismos efectos legales.

El matrimonio supone un compromiso jurídico lleno de deberes, y también de derechos. La unión consensual no debe estar al margen del Derecho; pero los efectos que ella conlleva no pueden pretenderse que en modo alguno sean idénticos a los del matrimonio, pues el respeto por la diferencia tampoco le es ajeno a las propias regulaciones legales.
No obstante, no podemos perder de vista que donde hay una relación o comunidad unidas por lazos de afectividad, siendo estos su causa originaria o final, habrá familias.

*Profesor titular de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana. Notario.

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arays dijo:

1

28 de diciembre de 2017

15:45:21


en esta vida ya uno no sabe ni que es mejor, las leyes no siempre benefician a los mas necesitados, hay temas como las herencias que estan hechas muy generalizadas y a la hora de aplicarlas desgraciadamente no son lo mas justas posibles, mi experiencia personal me ha dejado en una situación que ya no creo en el matrimonio legal, al final tu nunca conoces verdaderamente a una persona, por eso abogo por la unión consensual o libre