Guantánamo.–Inteligencia y voluntad no le han faltado jamás a Tito. Esas cualidades lo ayudaron a sortear el rigor del campo cuando niño, entre los cañaverales de Marianal, en el guantanamero municipio de El Salvador, donde nació y vive desde hace 76 años.
Este hombre tiene el patio de la casa «sembrado» de máquinas construidas por él. Entre ellas una trilladora múltiple de granos y un aparato con dos mecanismos acoplados a un mismo eje, «para optimizar su funcionamiento» (es molino de martillo y máquina forrajera a la vez).
Conforman la dotación, además, una limpiadora de maní, una extractora de aceite vegetal, la piedra de esmeril eléctrica y la fragua para reparar implementos agrícolas. Del pequeño «parque industrial» se sirven otros productores, sobre todo los de la cooperativa de crédito y servicios (CCS) Vidal Megret, a la que pertenece Tito.
–¿Labriego?, ¿innovador?, ¿quién es este hombre que se burló de la muerte en par de ocasiones, el que echó a un lado la silla de ruedas y regresó al sembradío?
–Nací y he vivido siempre en el campo. En mi infancia no fui a la escuela, lo impidió la economía familiar. A los nueve años aprendí a firmar y a sacar cuentas.
Relata que en su niñez inventaba juguetes: grúas de madera, carretas con ruedas de laticas de envasar tomate en conserva, tiradas por botellas, que eran los bueyes. «De esa manera me entretenía, pero te repito, a la escuela no pude ir».
–Sin embargo, usted es un hombre culto–, le digo.
–Leí algo. Eso ayuda. Además, soy hábil para las cuentas.
–¿Y para crear también?
–Desde temprano me gustaba crear, no he perdido ese hábito.
–Al identificar un problema, ¿qué ruta de solución se traza?
–Lo observo. Busco el origen, me hago preguntas que se acuestan conmigo, a veces no duermen ni ellas ni yo. La respuesta llega, en la cama o en el campo, pero llega. Lo demás es llevarla a la práctica.
–Me han dicho que su finca no es agraciada por la naturaleza...
–Al entregármela me aclararon que ya ese suelo no producía. Entonces recordé algo que dijo Martí: «si el hombre sirve, la tierra sirve». Al principio el maíz daba una tonelada por hectárea, con trabajo y ciencia multipliqué el rendimiento.
«En la cosecha antepasada, con seis hectáreas en cultivo entregué 500 quintales de maíz y cien de frijoles, después ese aporte disminuyó, pues la sequía fue brava y al no recibir petróleo no pude regar. Ahora agregué dos hectáreas de otros cultivos: plátano, calabaza, yuca, ñame y boniato».
–¿Qué estrategia usa para extraerle mayor fruto a la tierra?
–Cuando termina la cosecha de maíz, siembro maní, que al recogerlo deja el terreno libre de yerba y listo para sembrar frijoles. A su vez, estos últimos actúan como fertilizante ecológico, nada mejor que el frijol para fijar el nitrógeno al suelo.
«Antes sembraba cuatro plantas de maíz por metro cuadrado. Hoy aprovecho mejor el terreno al duplicar la densidad de siembra, lo que favorece el rendimiento. De la cosecha utilizo hasta los residuos, unos para alimento animal, otros para el suelo. Los tallos, las hojas, todo eso es “comida” para la tierra, le da vida. Yo no uso químicos».
–Me dijo que usted se debe a la ciencia, ¿por qué?
–He sido operado dos veces de cáncer de la piel. La última fue aquí –se toca el pecho–, donde llevo la medicina cubana y a su máximo impulsor: Fidel. Además, tengo prótesis en las articulaciones de las piernas con la cadera. Todo eso es caro, pero a mí no me costó nada.
«Estuve en silla de ruedas y ¡mírame!, ando por mis propios pies. Lo mismo limpio los surcos, que subo al tractor y me voy a chapear marabú o aroma.
Porque también hice una máquina para desbrozar esas plantas indeseables. Si quieres verla, sígueme».
Subo al tractor, Tito al volante. En el trayecto me explica que armó su nueva máquina a partir de una chapeadora en desuso, a la que le puso doble articulación en el soporte de las cuchillas. Así, cuando estas chocan con algo muy duro, no se parten, flexionan.
La desbrozadora ruge como un animal salvaje, las matas de aroma empiezan a desaparecer. ¡Qué fuerza! –le digo. Tito sonríe: «¡Ja! Hace falta una más grande. Porque hay “marabú” en unas cuantas cabezas por ahí: de los que viven del “invento”, no trabajan y dicen que el robo es lucha. Los garroteros, toda esa gente».
Tito desciende del tractor y empieza a recoger los desechos de aroma. Yo me despido. Y allí, en su faena, dejo a Eddy Troitín Gómez, en medio del campo, con la ciencia en el cuerpo y la mano en el surco.
















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diana dijo:
1
24 de septiembre de 2019
08:38:37
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