ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La juventud cubana, como su pueblo, viene de una tradición ejemplar con protagonistas ejemplares. Foto: Dunia Álvarez Palacios

En varios textos el autor de este artículo se ha preguntado cómo detener la reducción de la imagen pinos nuevos al sentido etario que José Martí no le dio. El discurso, del 27 de noviembre de 1891, del cual proviene la imagen citada, es acaso el más erróneamente interpretado de los que él pronunció, y de manera cruzada ha compartido esa «suerte» con el del día anterior, conocido como Con todos, y para el bien de todos.

En la lectura del último citado tiende a ignorarse que en su vocación unitaria Martí no desconocía las múltiples fuerzas que se autoexcluían del proyecto patriótico guiado por él. Y la imagen pinos nuevos del otro discurso se ha tomado como referida exclusivamente a una parcela generacional, algo ajeno al pensamiento y los términos que lo recorren.

En otras páginas el articulista ha tratado la relación entre ambas piezas oratorias, pero en estos apuntes –escritos a propósito de un nuevo aniversario del bautismo del actual movimiento juvenil cubano– se centra en el del 27 de noviembre, sin renunciar a sugerir que se lea como en diálogo con el del 26. Este pudiera verse como un antecedente no solo cronológico, sino conceptual, del que le siguió en el mismo sitio, el Liceo Cubano de Tampa, y básicamente ante el mismo auditorio: compatriotas emigrados en dicha localidad. Pero fue más: encarnó una plataforma de pensamiento para la etapa de lucha que se abriría con la fundación del Partido Revolucionario Cubano.

En ese camino, el segundo discurso –que rindió homenaje a los estudiantes de Medicina asesinados en La Habana el 27 de noviembre 20 años atrás– es irreductible a una noción generacional. Aludiendo al paisaje que ha visto en su recorrido hacia Tampa, Martí menciona «los racimos gozosos de los pinos nuevos» que emergen por entre una vegetación mustia, o por entre cañas «ásperas e hirsutas, como puñales extranjeros». Enaltece así el significado del movimiento revolucionario cubano que entonces resurge sobreponiéndose a fracasos o golpes sufridos desde sus inicios, y exclama: «¡Eso somos nosotros: pinos nuevos!».

Tal enaltecimiento de la continuidad redentora no remite a una generación particular. Como el artículo inicial de las Bases del Partido Revolucionario Cubano –que redactaría el propio Martí y se aprobaron en el siguiente enero: ya se gestaban–, convoca y estimula a todas las personas «de buena voluntad» que abrazarían un proyecto insurreccional emprendido «con elementos nuevos», lo que en Martí apuntaba, sobre todo, al plano del pensamiento, no a personas.

Con la metáfora de pinos nuevos  Martí se dirige a un público de amplia gama de edades, que largamente desborda la sala del acto en que habla: lo hace, en realidad, para la totalidad de compatriotas que debían sumarse a la lucha o ya se contaban en ella. Y ni su sabiduría ni su honradez le habrían permitido ofender a la masa de seguidores y seguidoras que dejaría fuera si consideraba que la lucha patriótica era responsabilidad o patrimonio exclusivo de una generación.

Cuando, con respecto a los «racimos gozosos» que ha descrito antes, proclama lo de «Eso somos nosotros», ya citado, reconoce la presencia en ese bando –el de «los que aman y fundan», dirá al año siguiente en un artículo de Patria–, entre otros, de José Francisco Lamadrid, o Lamadriz, como se lee en algunos sitios. Nacido en 1814 –tenía a la sazón, pues, 77 años–, se hallaba en el auditorio y legó su firma al acta fundacional del Partido. Murió en Cayo Hueso en febrero de 1892.

Ese ejemplo bastaría para saber de qué habla Martí. Pero se han de sumar, además de las personas de diferentes edades que colmaban el auditorio, luchadores de la talla de Máximo Gómez y Antonio Maceo, con 55 y 46 años, respectivamente. El propio Martí –¿alguien querrá excluirlo del rotundo nosotros de su exclamación?– estaba próximo a cumplir 39.

Claro que también tenía en cuenta a los más jóvenes, pues en ellos podía ver una responsabilidad particular en la continuidad de la magna obra. Entre quienes escucharon su palabra había hasta adolescentes, como aquel que, ya anciano, recordaría que quien oía a Martí hablar quedaba dispuesto a dar por él la vida.

Las personas mencionadas y, sobre todo, las aludidas formaban un conjunto numeroso de compatriotas que merecían considerarse pinos nuevos, al margen de sus años, porque abrazaban el nuevo plan emancipador. En semejante empresa no podía Martí idealizar el significado de la edad: reconocía el valor, decisivo, de la actitud.

Se trataba de ser consecuentemente revolucionario, pero sabía demasiado Martí para ignorar que su alentadora afirmación, sincera como suya, de que «los niños son la esperanza del mundo» no significa que todas las personas evolucionarían desde la infancia por el camino del bien, de la mayor justicia. En su niñez vio cómo el alumnado del cual formaba él parte se dividía en «bijiritas», defensores de la independencia, y «gorriones», partidarios del colonialismo. Y ya adolescente impugnó a un condiscípulo apátrida, coetáneo suyo, con la carta que dio pie al proceso en que se le condenó a prisión y trabajo forzado.

Tal experiencia continuó, y en su madurez recibió en Nueva York la visita de un escritor –formado como cubano, aunque nacido en Santo Domingo– que, dos años menor que él, quiso convencerlo, vale suponer que honradamente, de que no debía sacrificarse en la organización de una contienda patriótica para liberar a una colonia donde él, Nicolás Heredia, no veía «atmósfera de revolución». El líder independentista respondió que tal visión los diferenciaba, porque él, Martí, miraba el subsuelo, no la atmósfera.

No cabe creer que con pinos nuevos quisiera acuñar un rótulo para una parcela generacional, ni siquiera para aquella a la que él pertenecía. No le cerraba las puertas a nadie para la buena transformación, pero tampoco desconocería que quienes siguieran los pasos de aquellos «gorriones» y de aquel condiscípulo traidor a la patria no cabían en la idea de pinos nuevos con que se refería a quienes abrazaban el proyecto emancipador que él impulsaba.

Las iluminaciones de Martí no caducaron en su tiempo. Lejos de eso, siguen aportando una guía fundamental para la actualidad. Ser de edad juvenil no basta para ubicarse en las fuerzas que defienden lo nuevo justiciero. De igual modo, que lo nuevo justiciero encuentre obstáculos y traiciones en su camino no resta méritos al proyecto transformador que merece ser defendido.

Recientemente a un defensor de ideas revolucionarias alguien le decía –acaso ni siquiera con malas intenciones– que, para hacerse leer mejor y cosechar mayor simpatía, solo le faltaba ser más moderno. Como dicho defensor pidió que le explicara a qué se refería, la otra persona le enumeró carencias que, a su juicio, lo alejaban de la modernidad. Todas apuntaban a la necesidad de que se inclinara a rendir culto a la economía de mercado y al pragmatismo, distantes de cuanto huela a ideal socialista.

Entonces el «arcaico» dio una respuesta que el articulista intenta recordar fielmente: «¿Defender el capitalismo para ser moderno? Pero si el capitalismo va por siglos de opresión y fracasos para las mayorías, ¿por qué tengo que considerar que encarna lo nuevo? Prefiero el socialismo, que todavía ni siquiera se ha podido aplicar plenamente en parte alguna del mundo y debe erigirse para abrir caminos nuevos y emancipadores». ¿Quién defendía en ese diálogo lo nuevo? Como algo más que un dato curioso añádase que ambos interlocutores eran jóvenes muy cercanos en edad.

Las hornadas más jóvenes de cubanas y cubanos tienen la honrosa posibilidad de hacer coincidir los ímpetus esperables de su lozanía cronológica y la actitud válida para defender una Revolución llamada a cultivar justicia y dignidad. Contra ella actúa un imperio implacable que en sus filas cuenta con personas de todas las edades, nacidas no solo en el territorio de su cuartel general.

La juventud cubana, como su pueblo, viene de una tradición ejemplar con protagonistas ejemplares, y merece ganarse el derecho, o mantenerlo, a repetir con José Martí y todos los demás revolucionarios de la nación, sin parcelamientos etarios: «¡Eso somos nosotros: pinos nuevos!», y ser fieles al llamado que en Dos Ríos, según testimonio, le hizo el Maestro al mambí Ángel de la Guardia Bello –de apenas 20 años y muerto en combate dos más tarde–, en estos o similares términos: «¡A la carga, joven!».

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Miguel Angel dijo:

1

6 de abril de 2019

15:40:09


La frase de Martí "pinos nuevos" en este discurso ha sido mal interpretada por algunas personas, pero se ha explicado en diversas ocasiones, incluyendo el autor del trabajo. Está claro que Martí empleó una metáfora, tan frecuente en su poético verbo. El axioma más habitual del Maestro se encarna en su expresión: "Con todos, y para el bien de todos", más ajustado a su concepción de la guerra necesaria. gracias por el interesante artículo.