ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Ramiro Sánchez Domínguez, asaltante al cuartel de Bayamo. Foto: Dilbert Reyes Rodríguez

Ramiro Sánchez Domínguez vuelve a Bayamo por estos días, todos los años.

Muchas veces lo ha hecho con su presencia física total; pero aun cuando no puede, porque anda por otras ciudades con el testimonio a cuestas, vuelve igual a Bayamo en el tren de recuerdos tensos y expectantes que sacuden la memoria viva de cada protagonista de aquel 26 de Julio, en uno u otro cuartel.

«No se parece a la ciudad de aquellos años», piensa, mientras le aparecen imágenes imborrables de aquel amanecer.

Como en ese mes de 1953, Ramiro viaja desde La Habana casi siempre junto a un hermano de lucha. En la fecha de la acción había sido Rolando San Román, asesinado tras el asalto al cuartel Carlos Manuel de Céspedes; pero después lo siguió haciendo acompañado de otros que también llegaron a Bayamo, para contar incluso historias paralelas que vivieron en el Moncada de Santiago.

Sin embargo, Ramiro sí estuvo aquí, y por tanto regresa aquí en cada almanaque, remonta el tiempo y repasa las horas de la preparación en sigilo, de la angustiosa retirada, del asalto que despertó a balazos el amanecer y dio la clarinada de una generación en pie.

Aquellos días todo se hacía en secreto, y de los planes poco hablaban hasta entre los amigos; pero otra cosa es narrar para un auditorio entero de estudiantes, de obreros que acuden a donde ellos a escucharle la memoria. Él ya está acostumbrado.

Habanero de nacimiento, Ramiro habla mucho del país oprimido y exprimido de los años 50 del pasado siglo, de la gente explotada, del puñal clavado a la espalda de la patria con el golpe de Estado de Batista, del terror tiránico en las calles, de la falta de derechos y libertades.

«Yo padecía el dolor de aquella realidad, por lo cual no fue difícil unirme a la ebullición de la Universidad, la cual frecuentaba. Por muchos compañeros supe de las ideas de Fidel, y de que preparaba algo serio. Terminé sumándome a aquel grupo de más de mil jóvenes valientes.

«Mi dicha fue muy grande cuando resulté escogido para la gran acción, que nadie conoció hasta “la hora cero”, como se le llamó.

«Unos dos meses antes de venir a Oriente renuncié a mi trabajo, para dedicarme a la preparación en mi célula. Estudiamos muchísimo, fue rigurosa la práctica física, de grandes caminatas, ejercicios de tiro; hasta que un día el propio Fidel me encomendó una peligrosa misión.

«Preguntó si estaría dispuesto a llevar las armas a Bayamo, y yo, honrado por la decisión, no dudé ni un segundo».

Cuartel Carlos Manuel de Céspedes, hoy Parque museo Ñico López. Foto: Archivo Granma

NARRACIÓN Y SENTIMIENTO

Claro que, para Ramiro, la ciudad oriental no puede ser la misma, sea cuando viaja de verdad, o cuando la recuerda. Aquellos días vino en tren, su equipaje entonces no fue tan ligero, y el sobresalto permanente ante la responsabilidad y el riesgo no le permitieron dormir.

«Rolando y yo no vinimos escondidos, nada de eso. Lo hicimos en el tren Habana-Santiago, cargando tres enormes maletas de cuero repletas de armas. Pesaban un mundo, pero yo estaba bien fuertecito en aquel momento. Tampoco creo que llevara todas las armas que usamos en la acción, pero sí una buena parte, envueltas en uniformes.

«Iba armado con una pistola y atento durante todo el viaje. Pensaba que del grupo íbamos nosotros solos, pero en una ocasión reconocí a Raúl Castro. Caminaba por el tren, quizá para chequear, o por el empeño en que todo saliera bien. Después del 59 supe que en el mismo tren viajaban Melba, Haydée y otros valiosos compañeros.

«Nosotros cambiamos hacia un gascar (pequeño carro de línea) en el desvío ferroviario hacia Bayamo, y al llegar con nuestro pesadísimo y peligroso equipaje a la terminal, debimos esperar una hora por nuestra gente. Imagínense el riesgo, parados en medio de tantas personas, incluidos guardias de la tiranía.

«Mi preocupación era mayor porque no sabíamos hacia dónde ir. Esa precisamente fue una de las cosas fundamentales que permitieron llegar sin contratiempos al minuto del asalto. El estricto secreto en cada movimiento fue esencial.

«Hasta la noche antes del 26 yo mismo creía que nuestra misión era ajusticiar a Batista. Pensé primero que sería en Varadero; luego se ordenó ir a Bayamo y no pregunté, creyendo que sería en esta ciudad, pero no era nada de eso.

«En la terminal nos recogieron en un jeep, fuimos al hospedaje y en uno de los cuartos situamos las armas.

«Cuando Fidel pasó por allí en la noche del 25, se entrevistó con los jefes de células: Ñico (Antonio López), Gerardo (Pérez-Puelles), Aguilerita (Pedro Celestino Aguilera). Precisó la hora del asalto, las palabras que había que decirles a los compañeros, indagó sobre las armas, si estaba todo el mundo, insistió en la voluntariedad de la acción.

«Un hombre clave para el plan trazado no asistió a la reunión de última hora. Entonces Fidel ordenó tomar de cualquier forma el cuartel Carlos Manuel de Céspedes. La idea inicial era que aquel, suministrador del recinto y que entraba allí como por su propia casa, pasara sin grandes problemas y con dos de nosotros a través de la puerta hasta la carpeta, la cual tomaríamos y luego seguiríamos al resto del cuartel.

«Por la variación del plan, en el asalto se complicaron las cosas. Al intentar penetrar por detrás, topamos con una cerca con varios pelos de alambre. Ñico desesperadamente pidió una pinza, un guardia dentro escuchó los movimientos y alertó: “¡quién anda por ahí! ”.

«La inexperiencia nos delató. Tal vez si hubiéramos respondido como jóvenes que regresaban de una fiesta, con unos tragos, apresábamos al guardia cuando se acercara; pero no fue así. Uno de los nuestros respondió con un disparo, y enseguida se desencadenó un tiroteo que no duró más de 20 minutos».

Amén de los 65 años transcurridos, Ramiro puede revivir la historia sin apenas una pausa, reeditar posiciones, rememorar movimientos y atizar
recuerdos que hilvanaría de modo tan fluido, como si el suceso hubiera acontecido ayer.

Tantas ocasiones frente a auditorios repletos que prefieren la memoria viva a las páginas de un libro, lo acostumbraron al fuego cruzado de preguntas y respuestas, sobre la retirada, la protección de familias bayamesas, el campesino que le sugirió una ruta segura a la montaña y le indicó que a su llegada buscara –tres años antes de la epopeya del Granma– a un hombre llamado Crescencio Pérez.

Cinco años atrás, en una de las presencias físicas totales de Ramiro en la Ciudad Monumento, una pregunta, singular por lo simple, provocó un giro brusco de la narración al sentimiento personal.

Su respuesta de entonces, sugirió el título a la cabeza de este trabajo al cabo de un lustro: «Regresar a Bayamo es volver a recordar con profunda emoción a aquellos compañeros que cayeron los días siguientes al 26, admirables por ofrendar sus vidas en nombre de la patria, de la libertad y la justicia».

Detenido unos segundos sobre el mar de caras jóvenes, la impresión a la vista pareció catapultarle aquel mensaje conclusivo, tan franco como directo:

«No se dejen engañar nunca, lean mucho, estudien y aprendan a interpretar la historia, el pensamiento y la obra de Fidel, a valorar el costo de esta Revolución. Defiendan siempre sus conquistas, que es defender su futuro».

Cada regreso de Ramiro a Bayamo significa la vuelta, en su nombre y persona, de la Generación histórica con todos sus vivos y sus muertos. La clarinada que ellos dieron 65 años atrás, hace mucho que es luz inapagable de justicia y libertad.

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