ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Lázaro Vázquez fue de los que peleó por un mundo mejor. Foto: del autor

Aquella tarde yo estaba en su casa, en el sillón donde se sienta a ver, todas las noches, el noticiero y alguna película. Y aunque él acostumbra a leer siempre el Granma, era yo quien tenía en las manos la edición más reciente del diario.

«¿Tú quieres que te haga una historia? Vaya, cuando termines ahí», me dijo él, Lázaro Vázquez, y casi al mismo tiempo cerré el periódico y me dispuse a escucharlo. Quizá hablaría de su participación en los combates de Playa Girón, de su misión internacionalista en Angola o de cuando iba a la Plaza de la Revolución junto a su esposa para ver y oír a Fidel.

Pero Vázquez, como todos lo conocen, empezó a contar una nueva historia.

Él era el único varón de seis hermanos y vivían todos con sus padres en el central azucarero de Limones, un lugar casi perdido en la bella provincia de Matanzas: «En mi casa había una pobreza tremenda, aunque mi papá era maestro de azúcar. Antes del triunfo de la
Revolución, del que ya se cumplieron 59 años, la zafra nada más duraba tres meses, los únicos en los que se trabajaba.

Los otros nueve meses eran tiempo muerto; no había trabajo».

Y de pronto, como quien quiere demostrar a alguien lo vivido para que su triste historia de la infancia nadie la repita en Cuba, Lázaro Vázquez hace una pausa y, mirando al horizonte como si viera allí flashazos de su pasado, dice: «A mí no hay quien me haga un cuento del capitalismo. Yo lo viví y sufrí en el tercer mundo.

«Mi mamá…, tenía tercer grado, mi’jo. Ella me daba una lista de cosas para comprar en la bodega, pero había que esperar a los dichosos tres meses para que mi papá, encargado de mantener a toda la familia, pudiera pagar todo aquello».

Entonces él era un niño de diez u 11 años y limpiaba botas para poder ayudar a su familia a sobrevivir los duros tiempos de la dictadura. Vázquez recuerda cuando su prima Antonia se enfermó de la tifus negra y en todo Matanzas había un solo hospital: «¿Tú sabes lo que tuvimos que hacer? Le dimos todas nuestras cédulas para que dispusiera de ellas en las elecciones un hombre que pagaba tres o cinco centavos por cada una, y todo eso para poder curar a mi prima. ¿Tú crees que eso es justo, chico?».

No me atreví a responderle y menos aquella pregunta que generó un silencio rotundo en la sala de su casa. Solo se escuchaba el ruido del ventilador cuando, sigilosamente, como para que nadie viera que lloraba, se secó las lágrimas y me dijo: «Olvídate de eso. Yo solo era un limpiabotas, pero a mí hay que matarme por esto aquí. Y no una vez. No. Dos y tres veces».

La infancia de un viejo que hoy tiene 75 años fue hiriente en una Isla tercermundista engullida por el capitalismo y la dictadura, sinónimos de la miseria que él vivió en su casa, en su país. Ese tipo de situaciones, como dijo el periodista checo Julius Fucík: «o te hace caer de rodillas o te hace levantar la cabeza y soñar con un mundo mejor, infundiéndote fe y llevándote a la lucha por ella».

Lázaro Vázquez fue de los que peleó por un mundo mejor en un país que, luego de 1959, le hizo pensar, aun más, en ello.

La razón no podía estar más cabizbaja y él lo sabía; como conocía también la necesidad de recurrir, una vez más, a Martí y comenzar a poner la justicia, desde los primeros años de la década de los 60, tan alta como las palmas.

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.