ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Caridad Navarro pasó su cumpleaños evacuada. La naturaleza y, con ella, el huracán Irma, se encapricharon en que Cary no pudiera disfrutar del sol y la playa de Varadero, o del calor de su hogar si prefería celebrar su fiesta en casa, a pocos kilómetros del polo turístico. No tuvo cake, pero al menos sí encendió velitas, y no precisamente para soplarlas y pedir deseos, sino para intentar encender mi casa, donde cumplió años este 8 de septiembre, a oscuras.

No la vi rezarle a la Virgen de la Caridad del Cobre –a quien le debe el nombre–, pero quizás lo hizo mientras caía la esperma de las velas, pidiéndole a la Patrona de Cuba que el huracán, que ya tocaba el oriente del país, no se llevara su casa.

Ella vive cerca del litoral cardenense, municipio hasta donde llegaron los vientos endemoniados de Irma. Dice que no pudo hacer su casa de placa porque la zona es fangosa y se le hunde. Sabe, además, que las aguas de la bahía llegarán hasta allí. Por eso se preocupa. Piensa, quizás, en algún momento, en la canción de Tony Ávila: «si ya el zapato me aprieta pa’ qué yo quiero un ciclón».

Pero entre fuertes rachas, lluvias y destrucción, los ciclones traen algo positivo, si así pudiera decirse. Y es que en esta Isla los huracanes son, también, sinónimo de la más visceral solidaridad humana. No falta quien, con fluido eléctrico, te brinde el frío para guardar lo que necesites hasta tanto pase el fenómeno meteorológico y se normalice la situación. Tampoco quien ofrezca su casa a los que viven en zonas de peligro para albergar, en lugar seguro, a más de diez personas.

Y a Cary y su familia le entregamos la casa. Como lo hicieron, en idéntica situación, muchas más familias cubanas, esas que hacen crecer sus miembros en situaciones difíciles. Hasta allá llevó todo lo que pudo, aunque tuvo que dejar los patos y pollos en el patio. Otros objetos los elevó del piso, para que no se mojaran. Pero lo que más le inquietaba era la casa. Vivió la rabia de Irma con la permanente incertidumbre de lo que encontraría cuando las aguas tomaran su nivel.

La hermana de Cary, que vive cerca de allí, la llamaba constantemente: «La casa está bien. No te preocupes». Y ella, cuando nos daba el parte, solo decía, en respuesta casi monosilábica:

–Menos mal.

Ahora que ya pasaron los vientos. Ahora que ya soplamos a Irma con el pensamiento, y salió el sol, revelo lo que me dijo, susurrando, mi mamá:

–Ojalá cuando pase todo esto tenga casa. Ojalá.

Y parece que la naturaleza y la Virgencita de la Caridad la escucharon. Al otro día Cary fue a ver, como un ciclón, que los patos, los pollos y la casa estaban intactos.

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