ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Estudios Revolución

Muy pocas veces la palabra histórico ha sido tan bien usada como ayer. Lo que sucedió este 23 de junio en La Habana fue histórico, así, con todas sus letras. El hecho de que la mayor guerrilla activa del continente y su contraparte gubernamental hayan aceptado silenciar los fusiles y dejar las armas, abre una nueva y prometedora época no solo para Colombia, sino para toda la región y el mundo.

“Que este sea el último día de la guerra”, expresó el comandante de las Fuerzas Arma­das Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP), Timoleón Jiménez, subrayando así la voluntad de la insurgencia de acogerse a la letra de lo pactado hasta el momento.

El presidente Juan Manuel Santos, por su parte, resumió en una frase el reto de la Co­lombia posconflicto: “La paz  se hizo posible, la paz es posible. Ahora vamos a construirla”.

El apretón de manos entre ambos selló el acuerdo del cese al fuego bilateral, dejación de las armas, garantías de seguridad y otros temas claves recogidos en el tercer punto de la Agen­da de Conversaciones denominado Fin del Con­flicto. Ese apretón convirtió a Colombia en un país mucho más comprometido con la reconciliación nacional.

A partir de ahora, ambas partes trazarán una hoja de ruta para que a más tardar 180 días después de la eventual firma del Acuerdo Final culmine el proceso de dejación de las armas, tal y como trascendió en el Comunicado Conjun­to emitido en la jornada. La guerrilla se comprometió a entregarlas a un comité internacional de verificación liderado por Naciones Uni­das y por países de la Comunidad de Estados Lati­noa­mericanos y Caribeños.

Todo ese proceso abarca la reincorporación de los insurgentes a la vida civil para lo cual se establecieron 23 zonas y ocho campamentos. El carácter de continuar la lucha desde la política y no desde las armas, guía lo acordado.

El Gobierno y las FARC-EP definirán los protocolos de seguridad para minimizar las posibles amenazas al proceso.

Quedan puntos pendientes aún para que esa nación le cierre la puerta a una guerra que se ha prolongado demasiado tiempo. La eventual rúbrica de un Acuerdo Final, luego de acercar posiciones en torno a la implementación, verificación y refrendación de lo convenido, nunca había estado tan cerca.

Las delegaciones llegan a este momento con gran parte del camino recorrido. Lo alcanzado en materia de desarrollo agrario integral, participación política, el problema de las drogas ilícitas y reparación de las víctimas, dan fe de ello.

Cuba ha sido testigo, una vez más, de la voluntad de las partes involucradas de sanar las heridas de la guerra. Como sede habitual de los diálogos de paz desde hace tres años y siete meses ha servido de garante junto a Noruega de unos diálogos que también han ganado detractores; los mismos que prometieron una vez acabar con la guerra a punta de balas y a los que la paz les quedó demasiado grande.

Este es el año de la paz, comentaba un colega colombiano gran conocedor del conflicto. Y así parece. Aunque el principio de “nada está acordado hasta que todo esté acordado” ha regido las conversaciones, asistimos a un proceso de paz que, en palabras del Presidente cubano, Raúl Castro, no tiene vuelta atrás.

Evidencia también el compromiso regional de optar por la vía pacífica para resolver las diferencias tal y como señala la proclama de América Latina como Zona de Paz.

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