ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Además de reparar calzado para la población, Raydel contribuye a la formación práctica de los alumnos. Foto: del autor

LAS TUNAS.—El panorama de la enseñanza técnico profesional cubana (ETP) habría sido más adverso en los últimos tiempos si, en medio del deterioro que sufrió la base material de estudio como consecuencia del periodo especial, no hubieran aflorado las aulas anexas, como provechosa opción para confirmar lo aprendido y desarrollar destrezas y habilidades en la práctica.

Tan así es que, a pesar de las acciones para revitalizar talleres y laboratorios a pie de escuela y de instituto politécnico, las estadísticas registran hoy más de 4 300 aulas anexas en centros de trabajo, entidades o empresas de todo el país, donde tienen lugar procesos, labores y actividades afines a especialidades de la mencionada enseñanza.

La cifra no es intrascendente si se tiene en cuenta que a esos espacios se vinculan miles de alumnos, atendidos por más de 3 500 especialistas de la producción y los servicios, quienes de hecho cumplen también funciones de docencia junto a los profesores.

En tal contexto llama la atención, incluso, el funcionamiento de 295 aulas con carácter igualmente anexo en el sector no estatal.


VISIÓN, TACTO Y CONTROL
Sin desviar la atención de lo que hacen “sus muchachos” (como tal los siente y acoge), el joven zapatero Raydel Peña Barrero relata: “La idea de abrir esta aula aquí, en el edificio donde vivo, no fue mía; los compañeros de Educación vinieron, me explicaron la necesidad de ayudar a la formación práctica de los alumnos que se preparan en la reparación de calzado, me pareció bien y estuve de acuerdo en cooperar. Este es el segundo curso y la experiencia es buena. Los estudiantes vienen, pero también yo voy al aula taller del politécnico y los ejercito allá”.

La selección de Raydel no fue obra de la improvisación ni del azar. Cuando la escuela no tiene un buen taller y tampoco hay una unidad estatal donde vincular a los alumnos —como sucede con el calzado— entonces directivos y especialistas de Educación coordinan con la dirección de Trabajo, ubican a quienes mejor aptitud y actitud tienen para realizar esa labor en las formas no estatales, visitan el lugar, constatan las condiciones y se establece un convenio que no solo incluye la atención adecuada a los estudiantes, sino también la superación metodológica de ese trabajador por cuenta propia.
Así, claras, las cuentas han conservado un saldo favorable, mutuamente respetuoso y ventajoso en una veintena de aulas vinculadas a ese sector en la provincia.

Por ello, mientras Yudismara Álvarez Silva, de primer año, siente que está “aprendiendo lo necesario con el profe Raydel” (así lo ven, así le llaman); Dayán Bagres Vega afirma que ya puede “hacer de todo y reparar sin problema cualquier za­pato”.

Según explica Ríder Santiesteban Santiago, subdirector de formación vocacional en el Instituto Politécnico Conrado Be­nítez, muchas de esas aulas anexas cuentan con la presencia de un alumno ayudante, tal y como sucede con Cristian En­rique Rosales, de segundo año, quien facilita el trabajo entre Raydel y los estudiantes de primer año.

Lo idóneo, desde luego, sería que cada escuela de oficios o politécnico pudiera contar, in situ, con los talleres, laboratorios, áreas, instrumentos, herramientas y todo lo necesario para asegurar una sólida práctica de quienes mañana iniciarán vida laboral como obreros calificados o técnicos de nivel medio.

Mientras eso no ocurra, todo indica que las aulas anexas pueden seguir siendo oportuno complemento para el proceso de enseñanza y aprendizaje, incluso en sectores como el no estatal, donde el objetivo puede llegar a feliz término si previamente se toca cada detalle con la mano y se establece un convenio serio y bien concebido entre las partes implicadas.

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