ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Musical Rent, de Broadway a La Habana. Foto: Yander Zamora

Rent, una de las obras más aplaudidas y laurea­das del Broadway de las últimas décadas, co­menzó a crecer sobre las tablas de la sala Tito Junco, del centro Bertolt Brecht, mediante una coproducción entre la empresa de espectáculos norteamericana NWE y el Consejo Nacional de las Artes Escénicas.

Robert Nederlander Jr., presidente de NWE, alentó la idea de esa colaboración con la institución cultural cubana, desde que en el 2011 le tomó el pulso al movimiento artístico y al público de la Isla, cuando viajó con la revista Los embajadores de Broadway al Gran Teatro de La Habana.

La producción, que permanecerá en cartelera hasta el 30 de marzo del 2015, permite la confrontación del público con los códigos más actuales del teatro musical acuñado por uno de los circuitos legitimadores de esa expresión escénica, pues como se sabe Broadway y el West End londinense marcan la pauta.

Pero a diferencia de los megaespectáculos que caracterizaron el ambiente broadwayano en la recta final del siglo pasado —al estilo de El Rey LeónRent marcó un punto de giro en la concepción de este tipo de representación al ser estrenado en el David Tobias Nederlander Thea­ter, una de las nueve plazas que posee la organización en ese circuito, el 12 de febrero de 1996.

Como premisas existía una estética vinculada a la ópera rock en la industria discográfica, con el trabajo de grupos como Queen, The Who y Pink Floyd,  y a la vez una necesidad de desmitificar el empaque suntuoso de los musicales en boga.

Fue así como Jonathan Larson (1960 -1996) se propuso llevar a escena una trama en la que se re­flejaran los conflictos culturales y sociales de las comunidades menos favorecidas de Nueva York, a partir de una idea que su amigo Billy Aronson le confiara, actualizar La boheme, de Puccini. A fin de cuentas, Larson decidió tomar el clásico pucciniano como pretexto para reinventar la historia y reubicarla en un barrio pobre de la ciudad en medio de los convulsos ecos finiseculares, la multiculturalidad, las lu­chas por el reconocimiento de las diversas opciones sexuales, el desenfreno milenarista y la subversión de los valores familiares tradicionales.

Larson, quien no pudo ver el estreno de la obra debido a su muerte por la ruptura de un aneurisma, plasmó sus vivencias personales, pero tuvo a bien no desgajarse del todo de los patrones históricamente heredados del musical neoyorquino, evidenciados en la dinámica de la sucesión de los temas y las convenciones que imbrican la dramaturgia con  la música (en este tipo de teatro la música ocupa un papel protagónico tan importante como el de cualquiera de los caracteres representados). Obviamente el autor, como hu­biese dicho el musicólogo británico Simon Frith, tenía de antemano bien definido qué tipo de material sonoro le interesaba de acuerdo con el nivel de aceptación que esperaba del público.

La puesta en escena de La Habana no es idéntica a la de Broadway, pero no traiciona ni un ápice sus principios básicos.

De modo que el montaje original de Michael Grief encuentra, más que una adaptación, una prolongación en el trabajo realizado por Andy Señor Jr., quien posee la ventaja de haber formado parte del elenco del estreno neoyorquino. Sobre todo el ajuste es de escala: la sala Tito Junco posibilita una versión más concentrada y hasta cierto punto más íntima. El acompañamiento musical lo lleva una pequeña banda de instrumentistas muy profesionales y dúctiles.

El foco de la puesta apunta hacia la renovación de un compromiso con la vida, mensaje optimista que se transparenta en un símbolo, el personaje de Ángel, una drag queen que muere de Sida, y en una canción, Si quieres, tienes, que apuesta por la redención. Aunque entre el público norteamericano el tema estelar fue Tiempos de amor, que abre el segundo acto, gracias a la grabación independiente que realizó Stevie Wonder (Seasons of love). Es recomendable seguir en esta versión cubana las interpretaciones de conjunto, sobre todo La vie boheme y los temas Tango Maureen y Te abrigaré, amén de descubrir las breves citas del original pucciniano.

Los vericuetos argumentales son mucho mejor asimilados para el público que conoce la ópera de Puccini y está en condiciones de establecer similitudes y diferencias. Por momentos no es fácil seguir el hilo conductor; quizá en ello influya el potencial sonoro en un espacio reducido. Ello, sin embargo, no resta impacto a una puesta en escena que funciona como mecanismo de relojería y en el que destaca la entrega del elenco. Por cierto, la organización de la producción trabajó desde un principio en garantizar ese resultado, puesto que la selección del elenco se basó en rigurosas audiciones y entrenamientos, práctica que pudiera ser progresivamente asimilada por otros proyectos domésticos.

Los jóvenes comediantes musicales ofrecen una lección virtuosa ajena a las tentaciones del divismo. Cada cual a lo suyo, con responsabilidad y pasión. Podrán los espectadores conceder puntos extra a un Luis Alberto Aguirre divertido y conmovedor en su Ángel, o admirar la amplia paleta histriónica de Zammys Jiménez en Mau­reen, o la sorprendente voz de Reynier Morales (Tom Collins), o la fuerza expresiva de Joanna Gómez (Mimí), pero convendrá que el nivel ge­neral es muy parejo y convincente.

Para Gisela González, presidenta del Consejo Nacional de las Artes Escénicas, la colaboración con NWE es el comienzo de un camino promisorio. Broadway en La Habana es la vía de una autopista que algún día será doble, en tanto La Habana también podría tener un legítimo lugar en Broadway.

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