ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Un cuarto de siglo ha transcurrido desde que el 20 de no­viembre de 1989 la Asamblea General de la ONU aprobó la Convención sobre los derechos del niño y, en honor a la verdad, sigue habiendo demasiado trecho entre la práctica y el espíritu de ese documento: el que más ratificaciones ha recibido entre todos los instrumentos de derechos humanos de la historia (191 países se habían convertido en Estados Partes, en 1999).

Contentivo de lo que humanamente debe tener garantizado todo niño en cualquier lugar del mundo, ese tratado internacional fija en 54 artículos el derecho a la supervivencia, al desarrollo de las capacidades físicas y mentales, a la protección contra todas las influencias peligrosas para el desarrollo de las niñas y niños, así como el derecho a la participación en la vida familiar, cultural y social.

En síntesis, se trata del derecho a vivir, a estar inscripto, a tener un nombre y una nacionalidad, a opinar y a que se tenga en cuenta ese criterio.

El documento subraya, además, la libertad de asociación, respeto a la vida privada, a la intimidad del domicilio y a la correspondencia; a recibir información, a cuidados y atenciones especiales en caso de padecer discapacidad física o mental; acceso a educación, juego, recreación y descanso sanos, participación en actividades culturales, artísticas y protección contra cualquier forma de explotación, abuso sexual, droga u otros vicios…

Si bien para los cubanos nada de lo anterior es etérea aspiración (al menos durante más de medio siglo), el panorama no se presenta igualmente alentador en otras latitudes para quienes oscilan entre el primer minuto de vida y los 18 años: edad límite con que la Convención considera a la niñez.

Por fortuna (entiéndase acción y convicción de gobierno) ningún cubano figura entre los 120 millones de niños que viven en la calle, de acuerdo con reportes recientes de Humanium: Organización No Gubernamental para apadrinamiento de niños y contraria a todo tipo de violación de los derechos de la infancia.

Mélany, la pequeña vecinita de apenas un año, que cada día me lanza besos desde el redil donde juega, no figurará ahora ni mañana entre el millón 555 000 niños y niñas menores de cinco años que mueren en el mundo como consecuencia de enfermedades asociadas al consumo de agua sucia, contaminada o no potable para el ser humano.

El pasado año Cuba cerró con una tasa de mortalidad infantil de 4,2 por cada mil nacidos vivos. El comportamiento de ese indicador en los últimos tiempos ha sido también favorable. Las metas del milenio, sin embargo, clamaban hace apenas unos años por reducir para el 2015 en dos terceras partes (concretamente a 31) la preocupante proporción de 93 niños fallecidos por cada mil nacidos vivos que mostraban registros internacionales en 1990.

Si el primer y más elemental derecho de todo ser humano es el derecho a la vida, a la existencia, ¿cómo aceptar tranquilamente que, según datos de Unicef (Fondo de Naciones Unidas para la Infancia), anualmente fallezcan en su primera semana de vida cuatro millones de recién nacidos? ¿Cómo entender que un niño etíope tenga 30 veces más probabilidades de morir al cumplir cinco años que un niño de Europa occidental? Imposible ser indiferentes ante las últimas masacres de Israel contra el sufrido pueblo palestino, que hasta agosto habían causado la muerte de unos 400 niños, además de 2 500 heridos.

Hasta en naciones desarrolladas los derechos de la niñez se tambalean. Baste conocer que, de acuerdo con un informe presentado a finales del mes pasado por Unicef, 2,6 millones de niños han pasado a vivir por debajo del umbral de la pobreza desde el 2008 en esos países, lo que eleva a 76,5 millones el número total de niños que viven así en el mundo desarrollado.

Por ello, aunque han pasado alrededor de tres años, viene a mi memoria la consideración que en su visita a la oriental provincia de Las Tunas ofreció José Juan Ortiz, representante entonces de UNICEF en La Habana: “Cuba —afirmó— ha demostrado que el problema de la infancia no es un asunto de recursos económicos, sino de voluntad política. Siendo un país bloqueado y con escasos recursos ha logrado que la im­plementación de los derechos de la niñez sea un modelo, con indicadores que están entre los más altos del mundo”.

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Ernesto dijo:

1

20 de noviembre de 2014

21:16:12


Casualmente hoy, lejos de Cuba, luego de un largo día, saliendo ya de noche del trabajo, me encontré a una madre pidiendo a gritos llorosos y desgarradores cualquier ayuda para poder dar "santa sepultura" a su niño que había muerto. Cuanta tristeza hay en este mundo a causa del egoísmo. Ojala nunca se nos nuble nuestro cielo...