ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Archivo

Entonces los hombres lucharon por conquistarla. Y la conquistaron. Desde los que dejaron a un lado sus familias, sus riquezas y preferencias personales, hasta quienes convirtieron la lucha en su única y verdadera satisfacción, los hombres llegaron a la libertad por un camino largo y lleno de dejaciones. Y un día se convirtió en un hecho, y para legitimarlo, una paloma se posó en el hombro de quien dirigió la lucha por la libertad.

Los hombres salieron del fondo de sus casas, de los huecos de sus patios donde escuchaban las transmisiones de radio, de la pobreza, el hambre, y tomaron un farol, para aprender a enseñar. La sombra de los árboles se convirtió en aula improvisada y allí conocieron de las letras y los números, y de los libros. Aprendieron de la libertad.

Así fue creciendo, poco a poco, el símbolo que ella traería entre sus manos, para regalarle a la gente. Se nombró Revolución. Llegó a cada cubano, al que la recibió con los brazos abiertos, al que la rechazó y criticó, a quien no podía entender qué estaba pasando, pero se dejó llevar.

Porque la Revolución se metió en la gente, en sus casas, sus sueños. Convivió con cada hombre en sus dificultades. Se equivocó también, y lo reconoció. Enseñó a pensar.

Tuvo enemigos, claro está. Los tuvo y los tiene: quienes sienten que ante sus narices un pueblo conquistó su autonomía, en un mundo donde la gente es cada vez más dependiente.

Hubo un momento que el odio visceral entró a la Isla que había alcanzado la libertad, por aquello de no aceptar los precios del mercado que se le exigían, en nombre de la libertad. Y los hombres libres volvieron a defenderla. Fue en el mes de abril, cuentan, cuando en Playa Girón se batieron a capa y espada, por mantenerla.

No se cansó la Revolución, y siguió su empeño de defenderse, aun cuando la historia se repitió una y mil veces. Los dueños de la explotación, el caos, la desigualdad, le impusieron un bloqueo. A partir de ese momento fue más difícil comprar, vender, negociar, vivir... . Sin embargo, los hombres que pelearon por la libertad, siguieron creyendo en la importancia de no perderla.

Ella comenzó a meterse en la sangre de la gente, en el ADN, a ser la única y definitiva forma de vivir. Al punto de que en los momentos más difíciles, en esos años llamados Periodo Especial, sus hijos se convirtieron en artífices de los más insospechados oficios.

El bolsillo de los habitantes del país se empezó a aligerar y proporcionalmente las iniciativas de las mujeres y los hombres comenzaron a ser cada vez más diversas. Fue necesario buscar soluciones para enseñar y alimentar, pero ninguna significaría renunciar a la libertad.

Ahora, a más de medio siglo de alcanzada, Libertad continúa siendo el calificativo de una Revolución renovada e independiente, con 11 millones de hijos dispuestos a luchar por sostenerla.

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