Cuando parecía que ya lo peor había pasado con el SARS-COV-2, varios países padecen las consecuencias del rebrote de la COVID-19, algunos con récords de casos infectados, que superan los picos registrados entre marzo y mayo.
Para Cuba, el escenario tiene sus particularidades: por un lado, casi siete meses de medidas de confinamiento, con la consiguiente protección a trabajadores interruptos, madres con niños pequeños, a enfermos y vulnerables; por el otro, la urgencia de retomar las actividades económicas que se adormecieron mientras el Estado asumía, con su presupuesto, el tratamiento y los recursos para cada paciente, sospechoso, contacto, control de foco y evento de transmisión que hubiera en el país.
Aun cuando el Estado seguirá asumiendo todas las medidas para garantizar la salud de la población y se continúe trabajando para tener nuestra propia vacuna contra la enfermedad, la nueva normalidad implica mayor responsabilidad individual en función del bien colectivo. Los ingresos domiciliarios, el regreso a los centros de trabajo, la reanudación del curso, retomar la vida económica, prestar servicios y producir bienes requiere de ese insustituible aporte personal. Los recursos los tenemos: desinfección de las manos, de las superficies, el uso del nasobuco y el distanciamiento físico para prevenir el contagio.
En las condiciones de hoy toca mantener lo que hicimos bien en meses anteriores y recordar que no será para este año que tengamos un fármaco contra el nuevo coronavirus, pero es ahora que debemos retomar los proyectos que quedaron pendientes en lo económico y lo social, y enrumbarlos hacia la revitalización del país. Dejarlo para después sería una irresponsabilidad colectiva.






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Agustin dijo:
1
22 de octubre de 2020
15:24:29
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