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La asistente, de lo mejor del último cine independiente. Foto: Fotograma de la Película

Primer largometraje de la documentalista Kitty Green, La asistente (2019) es uno de los dramas más inteligentes y artísticamente sutiles del llamado cine independiente de los últimos tiempos. La Green es una apasionada de las causas feministas, y en esta ocasión toca el tema de los depredadores sexuales sin levantar la voz, más bien desde una apreciable estética de la sugerencia, que pone sobre el tapete cuánto hace falta saber de ellos y de su universo sombrío.

El filme será presentado en nuestra televisión, que en marzo de 2019 exhibió un documental basado en Harvey Weinstein, el exitoso productor cinematográfico que durante más de 30 años estuvo actuando impunemente en Hollywood, donde no pocos sabían, y se lo callaban, que era un acosador nato dado a ofrecer grandes papeles, o papelitos, a cambio de favores sexuales cobrados por las buenas, o por las malas. Habría que recordar que con Weinstein –cumpliendo 20 años de cárcel– se desencadenó el Movimiento Me too, que puso a hablar a mujeres largamente silenciadas por miedo a las represalias y a prejuicios de toda índole.

Recientemente se han dado a conocer seriales y filmes que tratan casos de depredadores sexuales apoyados en sus influencias y poder para satisfacer desvaríos, a partir de la coyunda de «te doblegas o te aniquilo». Pero se trata de un cine obvio y de corte comercial, en el que las complejidades artísticas brillan por su ausencia. Y es ahí donde La asistente se convierte en un filme talentoso. Su protagonista, Jane (Julia Garner), está empleada desde hace poco en una productora de cine, posibilidad que le permite soñar con convertirse en una profesional del medio. Pero en tanto la quimera se concreta, debe trabajar en su oficina como una verdadera apagafuegos, resolviendo entuertos, preparando meriendas, cuidando niños, mientras, envuelta en un aire de sumisión, va acumulando experiencias acerca del «modo de operar» de su jefe y de sus compañeros de oficina, que suelen desestimarla, o soltarle los trabajos burocráticos más difíciles.

 La directora Kitty Green, con amplia experiencia en el tema de mujeres avasalladas, dedica un primer tiempo a describir las tareas que debe realizar Jane en un ambiente que termina por llenarla de temores opresivos. No es por gusto que la trama transcurra en el interior de las oficinas de una productora cinematográfica, el mismo escenario del imperio de Harvey Weinstein.  Y si bien el nombre del productor jamás será pronunciado, su sombra, sus métodos, todo lo que gira en torno a ese jefe de la asistente –hombre al que nunca se le verá la cara– hacen pensar en aquel que una vez reinó con una impunidad insólita. Sin embargo, el filme no es otra historia sobre Weinstein, sino algo mayor, universal y más elaborado acerca de vejámenes reiterados desde el poderío, que obligan a mujeres «que observan» a participar en una conspiración del silencio, o de lo contrario serán barridas.

Alguien le hace saber a Jane que no debe preocuparse, porque no es ella el tipo de mujer que le gusta a su jefe. Pero Jane ha visto demasiado y se asusta con la llegada a la oficina de una bella e incapaz muchacha, que pudiera convertirse en una posible suplente y, por lo tanto, en el fin de sus sueños de convertirse en productora.

Inmensa esta juvenil y algo ingenua Julia Garner poniéndoles rostro a esas mujeres reprimidas que en un momento de su vida se encuentran ante el dilema de cerrar los ojos y seguir soportando o, en su lugar, dar un paso adelante y enfrentar las consecuencias de sus pequeñas, o grandes rebeliones.

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