ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
«En el interior de las cuevas hay paisajes increíbles que pocos humanos pueden contemplar», dice Miguel. Foto: del autor

PINAR DEL RÍO.–Miguel Boligan no niega que existen riesgos. De hecho, entre los muchos cursos que ha tomado, está el de socorrista. Sin embargo, advierte que para acceder a un mundo que yace oculto para la mayoría de la gente, no hay otra opción. En la vida, todo lo bello tiene un precio.

Miguel es espeleólogo desde hace casi dos décadas, y aunque labora oficialmente en el Centro Meteorológico de Pinar del Río, nada lo cautiva más que adentrarse en las entrañas de la tierra.

«Los descubrimientos que se realizan en la espeleología aportan a muchas áreas del conocimiento», dice.

«Ahora mismo, por ejemplo, a nivel internacional se realizan estudios sobre la fauna de cuevas, para tratar de entender cómo se soporta la vida dentro de esos ambientes confinados, y tomar experiencias que puedan servir cuando comiencen los vuelos tripulados a Marte, en cuya superficie hay un clima extremo».

Aun cuando se dice que entre cielo y tierra ya no hay nada oculto, Miguel asegura que todavía queda mucho por descubrir. «Los tesoros que guarda la espeleología no están a la vista de los satélites ni del ser humano común, que camina por las ciudades o por el campo».

Es el caso, por ejemplo, de Palmarito, el mayor sistema cavernario de Cuba y entre los más extensos de América Latina, ubicado en territorio del municipio pinareño de Viñales, el cual se calcula que todavía posee decenas de kilómetros de galerías a las que el hombre no ha llegado.

Junto a otros 11 espeleólogos, Miguel integra el grupo Guaniguanico, el más antiguo de Vueltabajo, fundado a finales de la década de 1960, y uno de los tres que se mantienen activos en la provincia.

Dentro de él, se dedica a la exploración, a la cartografía y al estudio del clima de las cuevas, algo que permite determinar el impacto ambiental de la presencia del ser humano en ellas, y cuánto pudiera afectar la conservación de los ecosistemas subterráneos y de algunos elementos como los fósiles.

«Generalmente, dentro de los grupos siempre hay personas con diferentes motivaciones de trabajo, como la geología, la biología, la arqueología, el arte rupestre», explica.

Entre los excepcionales valores que atesora la cordillera pinareña, donde ha estado escudriñando desde hace 19 años, señala que están los tres sistemas cavernarios más extensos de Cuba.

«En esta región, en la zona de Viñales, se encontró uno de los pocos fósiles de dinosaurios hallados en territorio cubano.
«También en sus cuevas apareció el cráneo de una especie de mono que coincidió con la época de los aborígenes, y restos de otros mamíferos extintos como el megalocnus».

La mayoría de los sitios arqueológicos y de las más de 40 estaciones de arte rupestre reportadas en Pinar del Río han sido resultado del trabajo del grupo Guaniguanico.

«Entre los años 80 del siglo pasado –cuando surgió la Escuela Nacional de Espeleología, a la entrada de la Gran Caverna de Santo Tomás, en el mismo lugar donde Fidel y Núñez Jiménez hacían campamento para emprender las exploraciones–, y los 90, hubo un momento de gran auge, pero la llegada del Periodo Especial nos afectó bastante, debido a que todo el equipamiento que se utiliza es costoso y difícil de conseguir. La única manera de obtenerlo es mediante la realización de expediciones internacionales, que luego nos donan esos medios», detalla Miguel.

Al menos una vez al mes, el grupo organiza incursiones a las zonas de trabajo en la Sierra de los Órganos.

«Generalmente lo hacemos los fines de semana, y tratamos de  continuar las exploraciones y llevar todas las líneas de investigación que tenemos.

«El que se dedica al arte rupestre se centra en eso, y lo mismo hacen quienes se dedican a la fauna, al clima de cueva, a la exploración. Vamos como grupo, pero se van haciendo todos los trabajos de conjunto.

«Cargamos con nuestra alimentación y con el equipamiento que hemos conseguido a lo largo del tiempo. Por el momento es la única manera de continuar las investigaciones».

Aun así, confiesa que la pasión por la aventura, por los descubrimientos, por acceder a un mundo velado para la mayoría de los humanos, compensa los sacrificios y los riesgos. «Por una parte es algo que ayuda a conocer cómo era la tierra hace miles e incluso millones de años, y cómo vivían nuestros antepasados», dice, y añade que más allá de las cuestiones científicas, «en el interior de las cavidades subterráneas existen paisajes increíbles».

Es también lo que explica a sus alumnos, en los cursos de introducción a la espeleología que se han retomado en la provincia, con la intención de fomentar en las nuevas generaciones el amor por las cuevas, donde yace una parte importante de la historia del hombre, junto a las maravillas que el agua ha ido labrando durante siglos en las rocas.

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