GRANMA INTERNACIONAL 1997. EDICION DIGITAL La Habana. Cuba
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escritor
Cada minuto de la vida
LUIS PAVON
EN LAS páginas de la revista Verde Olivo quedó el reflejo del
impulso creador del Che. En ellas está parte fundamental de su obra escrita y, en todos
los aspectos que integran una publicación, la revista se benefició con los criterios
orientadores de quien era Jefe del Departamento de Instrucción del Ministerio de las
Fuerzas Armadas Revolucionarias. Recordar cuando a altas horas de la madrugada, en su
despacho del Banco Nacional o del Ministerio de Industrias, o luego de una jornada
dominical de trabajo voluntario, en un tiempo encontrado no se sabe cómo, concluía un
artículo o revisaba la puntuación de otro, criticaba una fotografía o un reportaje,
daba pautas sobre la portada, llamaba la atención sobre una información que debía
incluirse, es una manera de acercarnos a su lección.
Al propio tiempo que en la revista de las FAR, el Che volcó sus inquietudes de escritor,
periodista, publicista y editor en otras iniciativas como la revista Nuestra Industria,
fundada por él; sus colaboraciones con Cuba Socialista, Humanismo y otras publicaciones,
así como en tempranas series de la Imprenta Nacional, inauguradas con la primera edición
hecha por la Revolución de las Crónicas de la Guerra, de Miró
Argenter, que sería el homenaje del Ejército Rebelde a la sabiduría y heroísmo de
Antonio Maceo. A Verde Olivo lo definió como un Cuerpo de Ejército
ideológico, según escribió en alguna ocasión.
Ante su obra escrita nos preguntamos cómo le fue posible a este hombre, cargado de
tensiones y quehaceres, que asumía sus deberes de tal manera que le impedían, según su
propio decir, llegar con su pequeña dosis de amor cotidiano hacia los lugares donde
el hombre común los deposita, no relegar textos que hoy convocan nuestra
admiración y que no constituían, en los días en que los realizó, su cometido
principal.
La respuesta está en el propósito que guía la mano de quien escribe y el destinatario
escogido por el autor. En tal sentido, son especialmente reveladores sus Pasajes de
la Guerra Revolucionaria.
Escritos con la virtuosidad de un clásico de la lengua según dijera Fidel,
Pasajes... integra una serie iniciada en febrero de 1961 con la publicación
de Alegría de Pío que debía finalizar con los últimos combates
librados y quedaría trunca a la altura de la narración número veintiocho, Una
reunión decisiva, al partir el Che a cumplir el reclamo de otras tierras del
mundo. Con ellos, el autor aspiraba a una finalidad expresa que puede parecer modesta y
limitada pero que al autor le daba la máxima satisfacción: escribir no solo la historia
desde su personal experiencia sino alentar a los combatientes del Ejército Rebelde
a dejar también constancia de sus recuerdos para completar la
historia.
Estos trabajos no son únicamente el producto de sus notas y diarios de campaña: mediante
reuniones convocadas al efecto o de entrevistas personales, apelando al documento preciso
cuando existía, enriquecía sus recuerdos para lograr la versión más exacta que le era
posible. Releerlos es repasar cruentos, heroicos combates; jornadas en las que el autor
trabó contacto con el campesinado y otras capas humildes de nuestro pueblo, en cuya
compañía las razones de la Revolución se reafirman y resplandecen.
Es prosa de campaña y como tal, anotación rigurosa de enfrentamientos, de bajas sufridas
e infligidas, de armas ocupadas; textos en los que surge la entereza del soldado
revolucionario, sin ocultar deserciones y dificultades de todo tipo, y la dirección
ejemplar del mando del Ejército Rebelde. Son testimonios del esfuerzo de Fidel por ganar,
cada día, la unidad de las fuerzas revolucionarias, plenos de amor a la causa de los
humildes que se reflejará en la denuncia antimperialista, en el ataque a los
representantes de la derecha de la época los Justos Carrillos, Contes,
etc..., en la crítica a toda contemporización con la traición y la falta de
espíritu revolucionario. Y también, párrafos viriles que no se avergüenzan de su
propia ternura al mencionar cómo se humedecen los ojos ante el cachorro, lamentable pero
necesariamente asesinado o al recordar al primer campesino en la Sierra que
pidió ser alfabetizado, entre combate y combate.
Hizo del trabajo diario una disciplina esencial y la pone al servicio del lector que ha
escogido: sus compañeros combatientes, es decir, su pueblo. Puede encontrar siempre
tiempo para esta como para toda tarea porque estima que el revolucionario cabal
deberá trabajar todas las horas, todos los minutos de su vida en estos años de lucha tan
dura, con un interés siempre renovado, siempre creciente y siempre fresco. Esto significa
sentir la Revolución. Eso significa que el hombre es un revolucionario por dentro, que
siente como revolucionario. Entonces el concepto de sacrificio adquiere nuevas
modalidades.
Para el Che, el uso de la palabra no tiene otro sentido que el dado al fusil, al
instrumento médico, a la herramienta de trabajo: servir a la Revolución, que vale decir
a los ideales más puros esgrimidos por el hombre. Esta es una de las razones por lo que
cuanto escribió, forma parte de lo mejor del patrimonio espiritual de la nación y un
tesoro para el pensamiento revolucionario en todas las latitudes.
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