ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Portada del libro
Portada del libro Foto: Madeleine Sautié

Como una especie de Rey Midas, que trocaba en poesía todo cuanto tocaba, vio Eduardo Heras León, escritor al que se dedica la Feria, a ese hombre «de andar sosegado y señorial» que es el poeta Eliseo Diego (1920-1994). Y es la propia Feria la que nos pone en las manos, nuevamente, un título como

En la Calzada de Jesús del Monte (colección Sur), que tanto se agradece, porque es la oportunidad de que quienes hemos leído en condición de préstamo esa joya de la lírica cubana, podamos ahora llevarlo a casa, más que para conservarlo, para volver a él siempre que queramos untar el alma con exquisitos versos.

No siento ahora, al repasar las 124 páginas que conforman el cuaderno, lo mismo que cuando lo hiciera en plena juventud. La conciencia del ser crece con los años y con ella la nitidez con que nos veremos reflejados en las palabras ajenas, siempre que se produzca el feliz encuentro que tiene lugar cuando, al leer lo que otros han sentido, reproducimos con efecto déjà vu algunas de las escenas por ellos elegidas.

La voz lírica que vertebra estas páginas entrañables nos convida a vivirlas, a la vez que cada insinuación refuerza una identidad que, no por conocida, deja de revelarnos trozos de historia que nos han correspondido.

A la amistad dedicó Eliseo su libro, «para sabernos mejor la conmovedora belleza de este mundo»; y maravilla advertir cómo aciertan sus designios cada vez que se dispone uno a leerlo, porque –como suerte compatible de los afectos– repasarlo es diálogo, es canje, es refugio.

La paz del domingo, los portales, las casas como murallas, la mesa de comer, el abuelo, el pan, el tranvía, el comerciante, la iglesia, el pobre «cuyo rostro ahondan los fatigosos pasos de su vida», la muchacha a la que mirar «refresca», el desconocido que se va «a la noche y tu destino», todo, sujetado en las tantas formas del decir, va deslizándose por la calle amada y se deja ver, según encaje mejor, lo mismo en el verso libre, que en perfectos sonetos, que en una prosa que la reverencia: «Y sin embargo, aun tiene tiempo la Calzada de Jesús del Monte para enseñarme el reverso claro de la muerte (…)». Y refiriéndose a los velorios que en ella tienen lugar: «(…) allí se abren por primera vez mis ojos; de allí me vuelvo al origen».

La nostalgia, como una ondulación que serpentea el poemario, embelesa al lector, al que le puede durar largamente el estado adquirido; sin embargo, no es esta añoranza, al decir de Enrique Saínz, de las que transmiten frustración, sino «más bien el signo de una necesidad de edificar y de crear una resistencia, una sobrevida (…)».

Y es cierto. Al menos así lo siente esta autora, que frecuenta la vieja Calzada de Jesús del Monte, llamada ahora Calzada de 10 de Octubre, y la camina sabiendo de la necesidad de que más temprano que tarde se le han de restaurar las magulladuras de sus tantos años.  

Saberla estampada en un libro memorable que la eternizó hace ya 70 años, es una especie de valor agregado que endulza el tránsito por ella. Que no ignoren sus vecinos que uno de nuestros más grandes poetas recibe aún el golpe de su «abrazo fuerte».

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