ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
«Lo mío es enlazar lagartijas, ni ellas ni yo somos de nadie, y nos gusta más el patio que las peleas de la casa», dice el protagonista de Ñámpiti. Foto: de la autora

Podría retirarme mañana mismo y no hacer más que leer, y aun así –aunque llegara a ser la persona más longeva del mundo– no podría ni acercarme a terminar, no digo ya todos los libros que existen en el mundo, sino al menos los que me interesan.

Como nadie puede contra las estadísticas, hace tiempo superé mis indiscriminadas lecturas adolescentes, y escojo muy bien a qué textos dedico mi tiempo. Pocas veces releo, pero ese es un placer al cual resulta difícil sustraerse y unos meses atrás me embarqué en la aventura de volver a los primeros libros «sin muñequitos» que leí.

Ese reencuentro me confirmó algo que ya sabía: hacer literatura infantil –al contrario de lo que creen quienes la subestiman– requiere de una agudeza singular. Los niños son quizá los lectores más difíciles: no perdonan la falsedad ni que se subestime su inteligencia. Hay que ser muy perceptivos para ponerse a la altura de la riqueza y la fantasía de sus mundos. Los adultos debiéramos leer más lo que se escribe para ese público, y así entenderíamos otra verdad: la literatura, cuando es buena, no tiene edad de destino.

Así lo prueba Ñámpiti (Ediciones Sed de Belleza, 2015), una historia que habla de abandono, de acoso escolar, de racismo, del alcohol, de las limitaciones aparentes de un entorno rural… todo orbitando en la vida de Handel, un niño que suaviza esas crudezas a  través de su mirada limpia, y que aprenderá por el camino que las madrastras no tienen por qué ser brujas y que a veces la muchacha linda del aula sí se enamora del menos pensado.

Este no es un entramado de tristezas, pero tampoco idílico; no podría ser de otro modo porque se parece a la vida. Advierto el aliento autobiográfico que marca con la sinceridad los buenos textos. Nunca antes había leído a su autor Eduard Encina (1973- 2017). Supe de él primero por esa estela como de luz que deja la gente buena cuando se marcha definitivamente.  Ante su prematura muerte,  muchos de quienes lo conocieron escribieron del poeta, narrador y pintor, natural de Baire, como quien dice de un hermano muy querido.

Con esas referencias, fui a Ñámpiti a buscar  sensibilidad y la encontré con creces.  Y me arrastré entre las hierbas del patio con Handel para perseguir lagartijas,  pinté con él asfódelos gigantes que se me aparecieron en sueños, me alegré cuando su padre dejó de beber para volver a pintar y me hice amiga del ciego Brunelo.

«Mira lo que pasó con la bruja y ahora nadie cree que la vieron volando sobre el cine, mucho menos creerán que Brunelo no desapareció como todos piensan, ni que tampoco se mudó de pueblo, sino que se convirtió en esta flor que hoy vinimos a cuidar para sembrarla mañana», le dice el niño a su noviecita Inés. Y a mí me dan deseos de contestarle, y lo hago, que yo sí le creo, porque, ¿qué sería del mundo si no esperáramos que un día cualquiera, en el pecho, nos crezca una flor?

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