ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Para aquel que definió la literatura como la bella forma de los pueblos hay un espacio perenne en la Feria, no solo porque su sentencia —Leer es crecer—  la rubrique, sino porque José Martí  tiene la primicia en cada gesto noble que tenga lugar en la Isla.

El Centro de Estudios Martianos (CEM) —una de las subsedes de la Feria— organiza un grupo de actividades por su aniversario 40. Entre las que tuvieron lugar ayer estuvo el panel Martí en Fidel, moderado por Ana Sánchez Collazo, e integrado por las doctoras Dolores Guerra y Francisca López Civeira, quienes hablaron para un público integrado fundamentalmente por estudiantes del preuniversitario Saúl Delgado.     

Como el discípulo más consecuente del Apóstol de la independencia cubana, aquel que llevó en su corazón sus más raigales doctrinas, calificó Sánchez Collazo en palabras introductorias, a Fidel Castro, el primero en organizar el Desfile de las Antorchas y gestor de la existencia del CEM.

Fue el profundo estudio de la Historia lo que le permitió al joven Fidel conocer de cerca al que sería su mentor durante toda su existencia.  Estudiar a Martí en toda su dimensión le permitió comprender la realidad social  y determinar el rumbo que daría a su vida, al dedicarse a la libertad de Cuba,  una vez sembrado en él  el valor del patriotismo.

Tan hondo caló Martí que se le desbordó.  Se le afianzó en los días del golpe de Estado perpetrado por  el dictador Fulgencio Batista, en 1952, y se le hizo imprescindible desde que, como aquel, comprendió que la guerra necesaria era la vía para  acabar con los bribones que saqueaban el país, y lo «consultó» en cada paso de la construcción de la nueva sociedad, después del triunfo revolucionario de 1959.

De estas razones dio fe Guerra, como también de otras heredades tales como la identidad de los principios y  la firmeza ante las respuestas, y ejemplificó con sendas actuaciones cuando por motivos similares, en épocas distintas, fueron hechos prisioneros y respondieron ante un tribunal que los acusaba. Otro de los argumentos que esgrimió fue la presencia de citas martianas en boca de Fidel desde el mismísimo juicio del Moncada hasta en momentos cruciales del programa que pusiera en marcha al triunfar la Revolución.

Otras de las confluencias se advierten en la similitud del pensamiento, explicó Guerra. Aquella memorable clausura de «Condenadme, no importa, la Historia me absolverá», cuando asumió su propia autodefensa en el juicio del Moncada, mucho se le parece a las palabras que emitiera el Héroe Nacional en 1892: «La Historia no nos ha de ­declarar culpables», y destacó también la importancia y connotación que ambos le dieron al concepto de pueblo.  

Para la ponente también fue oportuno destacar la influencia del Maestro en Fidel frente a la derrota. Fue la grandeza martiana ante los reveses, la fortaleza para seguir adelante, la que sin dudas permitió al joven líder continuar su empeño insurrecto y ver una luz cuando todo parecía obnubilarse. Si Martí continuó después de los sucesos de la Fernandina, Fidel lo haría después del Moncada.

Valores como la ética y  la dignidad fueron asumidos por este hombre contemporáneo —y también, como Martí, de todos los tiempos— que hizo «una revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes»,  palabras que enunciara, para sonar tan iguales a aquellas del que pretendió echar su suerte con los pobres de la tierra.

Con estas razones dio paso la oradora a su colega López Civeira, quien recordó el valor que ambos concedieron a las ideas  y para lo cual Fidel se auxilió tantas veces del aforismo «Trinchera de ideas vale más que trinchera de piedra» y significó los diversos momentos en que para ejecutar grandes proezas sociales como la reforma de la enseñanza cubana,

Fidel usó las palabras de su Maestro y argumentó que «el pueblo más feliz es el que mejor tiene educados a sus hijos en la instrucción del ­pensamiento, y en la dirección de los sentimientos».

También remarcó López Civeira la permanente alusión de Fidel al celoso cumplimiento del deber y la autodenominación de Generación del Centenario, que asumieron los jóvenes cubanos que él liderara, dispuestos a morir para que el Apóstol siguiera viviendo en tan significativa fecha.

Otro elemento destacado por la panelista fue la templada  protesta de Fidel a raíz de la ignominiosa desvergüenza de los marines yanquis que ultrajaron en 1949 la estatua del más grande de todos los cubanos, y aludió también a la reiterada autodenominación de ser martiano, revolucionario y  marxista.

Entre otros elementos, López Civeira subrayó el sentido del honor y la honra ante las acusaciones injustas; el profundo antimperialismo; la utilidad del pensamiento martiano practicada durante toda la vida del Jefe de la Revolución Cubana y la resolución de que Martí es el ideal del bien que él mismo enarboló.   

Durante la jornada se presentaron los textos Las martianas escrituras, de Osmar Sánchez Aguilera, De surtidor y forja: la escritura de José Martí como proceso cultural, de Marlene Vázquez, y Notas de un poeta al pie de los cuadros, de David Leyva González, este último nos ofrece al Maestro en su ferviente ejercicio como crítico de arte.

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