
Cada Feria del Libro, en febrero, me anuncia un placer incomparable que no nace precisamente en los recintos del evento, sino en el instante en que me deslizo en la cama flanqueado de los títulos adquiridos.
Abrir uno a uno, a ratos olerlos, revisar prólogos y datos del autor, trazar proyectos de cuáles serán devorados primero, me remite a la primera juventud, cuando nada era más importante que leer y leer, lejos entonces del “yo soy yo y mi circunstancia”, de la que hablara Ortega y Gasset, circunstancia que al pasar los años, como es lógico, se complica, y máxime cuando otro gran amor, el cine, se insinúa más atractivo, en especial si a ciertas horas del día y de la noche las neuronas dan señales de no estar en su mejor forma para asumir lecturas complejas.
Nunca antes se leyó y se escribió tanto como ahora.
Pero el mérito es de Internet y de los teléfonos celulares, no de los libros, y mucho menos de los clásicos.
(“Y dil x favor a Sandra q la tmatik tb es important. tkm, Erick”).
Hoy día los clásicos parecen dormir un sueño eterno y tan importante como despertarlos para el disfrute de las nuevas generaciones es tener en cuenta la manera en que ese avivar se hace.
Hay un antecedente aleccionador que se remonta al año 1920, cuando por decreto se obligó a leer El Quijote en las escuelas españolas y el resultado fue la aversión ante el apremio, en tiempos en que no existían ni la televisión ni el entretenimiento vacuo que traerían aparejados los adelantos técnicos.
Si bien El Quijote, al igual que otros clásicos, resultan lecturas únicas y sin palabras para agradecerlas, la aproximación de los nuevos lectores a esos libros debiera estar precedida por la seducción y la inteligencia, ejercitadas en primer lugar en las escuelas.
Hubo un tiempo en que se recomendaba comenzar por los clásicos para hacer florecer el amor por la lectura.
Hoy pocos discuten que es más importante fomentar el placer de leer antes de adentrarse en las aguas profundas de las letras.
Primero el entrenamiento, luego el cuerpo a cuerpo.
Pero lo cierto es que, como en cualquier afán de conquista, sobran los métodos.
Que lo digan si no los viejos seducidos que cada año, a la vuelta de la Feria, corren con sus libros a la cama.

















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Williams dijo:
1
12 de febrero de 2016
12:57:14
Guillermo dijo:
2
14 de febrero de 2016
10:05:29
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